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VIRGEN NUESTRA SEÑORA DEL VALLE - CAPILLA del CARRIZAL
Atento que ya nos hemos extendido en abundancia sobre la histórica
zona de Escoba o Escobas no amerita reiterarnos en este espacio.
A quienes se muestren interesados en la misma sugerimos
dirigirse al espacio reservado a
Charbonier y a las
vecinas Copacabana y
San Marcos Sierra.
Al
referirnos a la Comuna de Charbonier debemos considerar que la
misma abarca varios Parajes entre los que se cuentan: Río Seco,
Quebrada de Luna, Santa Inés, Santa Isabel, Escobas, Las Lajas y
el sitio que aquí nos convoca: El Carrizal.
Del
desaguadero del Dique de Cruz del Eje cobran nacimiento varios
cursos hídricos; el principal es el Río Quilpo que vuelca sus
aguas hacia el sur al igual que El Candelaria con menor caudal.
Otro a considerar, es el Río de la Costa que, fluyendo hacia el
este, se identifica como San Marcos al atravesar la comunidad
homónima para continuar hasta consustanciarse con la voluptuosa
geografía de la Quebrada de Luna. De este río, a poco de
abandonar el Embalse, se desprende un pequeño brazo que adopta
el nombre de Arroyo El Carrizal. Sometido a las duras
condiciones de la zona y sus largos períodos de sequía, cuando
alcanza el corazón de la vieja Estancia El Carrizal en
proximidades de la RN38 a la altura de Escobas, lo hace con un
cauce pedregoso y mayormente seco.
Distintos mapas del siglo XIX y el inicio del XX nos dan una
idea precisa del espacio al que nos estamos refiriendo.

Mapa Martín de Moussy - 1865

Mapa Mariano Felipe Paz Soldán, Mariano Felipe -
1888

Atlas Catastral de Carlos de Chapeaurouge - 1901
Capilla Virgen del Carmen o Capilla del
Carrizal.
La pequeña Capilla encuentra su origen en el
impulso de Exequiel Olmos acompañado por el esfuerzo comunitario
de los habitantes de la zona que verán concretado su proyecto
abriendo sus puertas en 1889 bajo la advocación de la Virgen
Nuestra Señora del Valle.
Sobre un espacio de terreno propiedad de la
familia López Peralta, históricos habitantes del lugar, se
procede a levantar el austero espacio confesional utilizando los
precarios elementos que proveía la zona. No falta el adobe y el
sustento de piedras tomados del vecino Arroyo El Carrizal.




Con líneas elementales propias del tradicional
estilo rural del siglo XIX, el
rectangular oratorio consta de una única nave con cubierta a dos
aguas sobre la que descansa una cruz de hierro. Producto del
deterioro, el techo original fue reemplazado por una loza que
respeta la doble pendiente original. Cada
una de las dos paredes laterales cuenta con un par de pequeñas
ventanas de medio punto.



La puerta de ingreso coronada en un medio punto
es de dos hojas de hierro y vidrios que facilitan la iluminación
interior. Cada una de esas hojas de acceso lucen sendas cruces.

Tras un arco de medio punto se ubica el presbiterio que ocupa un
importante porcentaje de espacio con respecto a la totalidad de
la Capilla. En el mismo, sobre elevado con respecto a la nave
contiene un colorido altar.






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LA CAJA CIEGA
Aldo H. Campana

Al abrir los ojos, los pensamientos se
le astillaron impotentes contra un vidrio que, empañado,
apenas dejaba apreciar penumbras y una informe mancha
rojiza borroneada en el horizonte. Mientras la luna, por
esas horas, estaba ocupada esparciendo niños entre
gemidos de placer, él eligió sumergirse en el fondo
de aquel asiento que lo había contenido y que, aún
siendo
incomodo, había sabido brindarle cálido cobijo a lo largo de
una interminable noche cosida por olvidables e
inoportunas pesadillas.
Inesperada, una mano se apoyó
sobre su hombro advirtiéndole, sin posibilidad de
retorno, que su destino
estaba próximo.
Revisó las pocas cosas que llevaba y con
especial cuidado, se detuvo en una pequeña caja
rectangular hecha de madera rústica, con esquinas apenas
redondeadas y burdo barnizado. La tomó entre sus manos y
la rodeó con un paño desteñido cuidando que la cara
superior dejara visible una cruz tallada con
cortes desprolijos e imprudentes. Quien se la había dado
le ocultó su contenido y para evitar cualquier posible
debilidad, había asegurado el cierre de su tapa con ocho
clavos cortos y gruesos, oxidados, dos por cada lado.
Mientras cerraba el bolso preparándose
para descender, recapacitó que ese viaje le servía para
probarse cuanto debía significar ser valorado como
alguien confiable, leal a la amistad, garante de cumplir
con lo comprometido. Había dudado que él pudiese ser todo eso;
pero, aún así, había aceptado la obligación.
El refugio que lo recibió estaba vestido
de colores que se desdibujaron apenas el ómnibus tomó
distancia dejándolo sumido en oscuridad, niebla, frío y
un silencio incomodado por grillos insolentes. Entendió
que el mandato de no llevar reloj lo sumía a no tener
conciencia del paso del tiempo; tal vez, fueron unos
cuantos angustiantes minutos; quizás, horas que se
contaban como piedras de filosas aristas que le asedian
aguijoneando su espalda.
Una brisa fría desgarró el aire
e indolente, se entretuvo lastimando sus manos desnudas
y clavando agujas en su cara.
A la distancia, un par de luces que se
acercaban lo enceguecieron; un escalofrío transitó su cuerpo en
el deseo que fuese quien estaba esperando. El vehículo
se detuvo junto a él; con el motor en marcha, una mano
de mujer se asomó por la ventanilla; sin intercambiar
palabras, él depositó la caja entre esos dedos largos,
estrechos, con uñas teñidas por un rojo pálido y sin
vida. El estuche y esa mano sin cuerpo se perdieron
detrás de un vidrio que se cerró frente a él, sin
sonido alguno.
Cruzó el asfalto y avanzó hacia el
interior del monte, entre vegetación espinosa y baja,
pisando tierra seca y árida mientras que, a su espalda, el
automóvil tomaba distancia y sin que lo percibiese, en
un vórtice descontrolado cobraba altura hasta diluirse
en la noche y en la cuenca de un cielo que, a su paso, devenía en
viscoso caleidoscopio de luz.
Con el avance del
amanecer tomó conciencia que a un centenar de metros
asomaba una tranquera; tras ella, una pequeña capilla.
Simple rectángulo de paredes sostenidas en piedras
rodadas en algún arroyo cercano que, por esos días, no sería capaz de saciar su sed o
lavar sus humanas deudas. Un elemental techo a dos
vertientes le da la oportunidad de descanso a una cruz
blanca que, desde lo alto, custodia una puerta que lo
atrae, que le provoca el deseo de invadir el recinto y
cual vil intruso, descubrir y robar los pecados
terrenales allí confesados.
Se contuvo y sentado sobre un tronco,
dejó que sus oídos se entretuvieran con el sonido de un cartel
metálico que, oscilando oxidado bajo la figura de un ángel,
le ponía nombre a la capilla. A ese conjunto ocupado por
la sola queja del chapón balanceándose, le sumó su
propio silencio y el deseo infantil de cerrar los ojos
abrazándose en el lejano regazo materno.
Porque tenía la certeza que había sido capaz de
cumplir con su compromiso, concluyó que se
merecía esa serenidad y la purificadora sensación que
brinda el ensueño.
Se deslizó lento y durmiéndose sobre la hierba,
decidió agonizar así por el resto de su vida.
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Ubicación
30º 73’ 06.12” latitud sur
64º 59’ 88.62” longitud oeste


Fuentes de consulta:
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