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NUESTRA SEÑORA DEL PILAR

- Usted, amigo, ha tenido varias suertes y se las voy a enumerar: primera, que quien le habla no soporta el calor; segunda, que me gusta tomar mate y tercera, que por venir de donde vengo, no estoy acostumbrado a dormir la siesta. En síntesis, porque son las dos de la tarde, porque adentro no tengo ni ventilador y por rechazar la idea de estar durmiendo, estoy a esta hora bajo la sombra de este árbol, tomando mate. Por todas estas buenas razones es que le puedo contestar y no tengo dudas que, para usted, es toda una fortuna poder disponer de alguien con quien conversar. De no ser así, seguro que lo vería en figurillas intentando alguna plática con los perros del lugar que, como imaginará, serían charlas que no lo conducirían a parte alguna. Ahora bien, de ahí a que le pueda dar solución a su inquietud hay un largo trecho; para lo único que le puedo ser útil es para invitarlo a refugiarse bajo la sombra de mi árbol, compartir algún verde y darle algo de conversación de modo que se le pase rápido el tiempo hasta que los del pueblo empiecen a despertarse y lo puedan acompañar a abrir la capilla. No mucho más que eso y como verá, no es nada poco, ¿verdad?

¡Y era cierto, nomás! El verano agobiaba y la idea de compartir un momento, con amargos de por medio, significaban un alivio ante tanto silencio, ante tanta calle polvorienta, solitaria y con matorrales de muertos pastos arrastrados por el viento.

Si bien el inicio de este relato podría asumirse como ficcionado o exagerado, no necesariamente falta a la verdad. De hecho, aquel ser humano estaba realmente bajo el árbol tomando mate, eran las dos de la tarde y era el único ser vivo y despierto con el que podría intercambiar alguna palabra.

Me acerqué despacio observando como el hombre arrimaba un banco a su lado al tiempo que, meticuloso, ensillaba con yerba fresca un viejo mate de madera.

- ¡Siéntese, póngase cómodo! – dijo mientras me extendía la mano para saludarme.

Acepté gustoso el convite y me dispuse a escucharlo con detenimiento. Me contó del poco tiempo que hacía que estaba en Churqui, que era albañil venido de translasierra, que estuvo en la construcción del hotel y que se terminó quedando, que sufría del calor pero que había aprendido a querer el lugar y disfrutar de su gente.

Mientras sentía que su voz se iba haciendo silencio en la profundidad de mis oídos, recorrí con los ojos la silueta que la Capilla dibujaba contra el cielo azul; apropiado añil marco dentro del cual sus paredes blancas se me exponían con profundidad de apropiada perspectiva en un relajado descanso de años. Serena, al calor del mediodía, me imponía su relieve adormecido sobre una alfombra verde al otro lado de la plaza.

Entregué el mate, tomé la cámara fotográfica, puse la imagen de la Capilla dentro del visor y disparé. En ese instante sentí como le robaba uno de los tantos recuerdos que, flotando a su alrededor, se sostenían suspendidos por finos hilos dorados, brillantes y mágicos.

Terminada la hora de la siesta y llave en mano, Viviana Barrera será la que descorrerá los hilos, abrirá la puerta y me invitará a descubrir Nuestra Señora del Pilar por dentro.

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Unos ciento cincuenta metros separaban su casa de la recientemente renovada puerta de acceso a la Capilla; era la apropiada distancia que permitió que mi mente viajara varios cientos de años atrás, más precisamente hasta principios del siglo XVI.

Un 19 de agosto de 1519 una flota de cinco navíos partía de Sevilla, España, al mando del Capitán General Hernando de Magallanes. Su destino era recorrer, con la proa hacia el sur, las costas del nuevo mundo recientemente descubierto. El objetivo final era buscar un vínculo que uniese los dos océanos. Entre los más de doscientos hombres que conformaban la expedición sobresalía un noble veneciano con dotes de puntilloso escribiente. El italiano en cuestión, Antonio Pigafetta (c.1491-c.1534), será quien documentará el viaje bajo el título "Primer viaje en torno del globo" quedando su obra como primer testimonio escrito sobre las impresiones y vivencias recogidas a su paso por el Río de la Plata.

El primer contacto de los aventureros con los naturales del continente así como las tratativas para el aprovisionamiento de alimentos será reflejada por Pigafetta del siguiente modo: "... todo lo adquirimos de los habitantes del lugar en condiciones muy favorables: por un anzuelo o un cuchillo obteníamos seis gallinas; por un peine eran dos patos; por un espejito o tijeras, más pescados que el que pudiesen consumir diez hombres; por un cascabel, un cesto de batatas; por un rey de barajas, seis gallinas y a juzgar por lo satisfechos que quedaron debió parecerles haber hecho un muy buen negocio”. Poco más adelante concluye con una premonitoria reflexión: "... son demasiado crédulos y buenos; por tanto, fácilmente se convertirán al Cristianismo”.

El tiempo demostrará que las migraciones, las matanzas y la esclavitud en sus distintas formas serán las herramientas que se utilizarán con aquellos que no resultaron ser ni tan crédulos ni tan mansos y menos aún, dispuestos a entregar a sus dioses en nombre de nuevos.

Esa realidad fue vivida y padecida por los Sanavirones a los que se los hizo desaparecer sin dejar vestigio físico alguno ni siquiera de su idioma en nombre de una nueva civilización, cultura y religión. Este proceso fue vertiginoso; de hecho, hacia 1530 existen documentos que dan cuenta de ellos en la zona de la gobernación de Tucumán mientras que, a poco de comenzado el siglo XVII, ya no se detectan más sanavirones puros; es así que, hacia la mitad de este siglo, los pocos descendientes habían devenido en mestizos y encomendados.

Esta comunidad abarcaba una amplia región con epicentro en la zona de Mar Chiquita. Algunos estudios antropológicos tienden a asegurar que su génesis es amazónica y que fueron migrando hacia el sur desde territorios que en la actualidad corresponden al sur de Brasil. En su derrotero, desplazaron a otras etnias para asentarse, finalmente, en la zona del actual norte cordobés conocido, por entonces, como "Salavina" de allí su denominación como Salavirones o Sanavirones. Las tierras de radicación de esta población se pueden delimitar con el Río Salado hacia el norte, el río Primero o Suquía hacia el sur, la actual Santa Fe al este y las sierras de Sumampa hacia el oeste.

Sus vecinos fueron los tonocoteses hacia el norte y los comechingones hacia el oeste. De acuerdo a algunos estudios, con los primeros se los asociaría por un aspecto físico similar mientras que con los segundos los ligaría algún tronco lingüistico común con aquellos comechingones que hablaban henia.

De resultas de estas investigaciones se los intuye de mediana estatura, piel muy oscura casi negra, lampiños y de ojos rasgados.

Las sierras de Ambargasta y las de Sumampa son la continuación dentro de Santiago del Estero de las sierras del norte cordobés.  Estas formaciones, por su mediana y baja altura, permite una adecuada circulación de vientos cargados de humedad que favorecen el desarrollo de un suelo apto para el cultivo con numerosos y cristalinos arroyos así como abundante presencia de nudos arbóleos donde predominan los quebrachos blancos, algarrobos, talas y chañares y una diversa y muy rica fauna.

Con estas facilidades provistas por la naturaleza los sanavirones adoptaron una actitud sedentaria volcada al cultivo del maíz, quinoa y zapallo, la recolección de frutos de algarrobo, chañar y mistol, la pesca, la caza de vizcachas, liebres, ciervos (utilizaron para este fin: macanas, lanzas, boleadoras y arcos y flechas) y la cría de llamas y ovejas cuyas lanas y cueros eran destinadas al hilado, la vestimenta, el abrigo y usos diversos como ser cerramientos en las viviendas. Elaboraron bebidas como la aloja a partir del algarrobo y la chicha desde la harina de maíz.

Las distintas familias compartían una misma vivienda ubicada bajo el nivel de la tierra y construídas con materiales vegetales y adobe. Las casas, que nunca alcanzaban un número significativo, eran rodeadas por empalizadas y cardones para evitar ataques tanto de animales salvajes como de circunstanciales rivales.

Los hallazgos arqueológicos han detectado una alfarería precaria y simple mayoritariamente de color gris o con algunos diseños geométricos rústicos y básicos donde se utilizaban colores obtenidos de extractos vegetales.

Las tierras sanavironas, hacia el siglo XVI, quedaron desdibujadas dentro de la jurisdicción de la gobernación de Tucumán la que dependía de la Audiencia de Charcas en el aspecto jurídico legal mientras que, en lo político, debía reportarse al Virreinato del Alto Perú. Territorialmente hablando, ocupaba una zona que hoy identificamos como Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y Córdoba.

La secuencia de asignación de territorios a quienes acompañaron la aventura de la fundación de Córdoba tenía como eje obligado la ruta que unía este nuevo enclave con Santiago del Estero. Hay referencias documentadas que confirman la conjunción de esta ruta con la entrega de propiedades sobre la misma: en 1576 a Pedro de Deza en lo que hoy es Jesús María; las consignadas en el mismo año y en la zona de Cavisacate (actual Villa del Totoral) a los encomenderos Tristán de Tejeda, Juán de las Casas, Miguel de Mojica, Juán de Burgos, entre otros; los territorios de Guayascate (a mitad camino de la actual San José de la Dormida y Cerro Colorado), en 1585,  son cedidos a Bartolomé García Tirado; al Capitán Francisco López Correa, en 1590, se le conceden dos mercedes en Cavisacate (actual Totoral) y en Quillovil (actual Río Seco) y así siguiendo hacia el sur con la zona de Sinsacate asignada a Miguel de Ardiles y la de Ministaló (actual Río Ceballos) asumida por Pablo de Acuña y Juán de Castilblanco; para llegar, finalmente, hasta el mismo Río Suquía.

Los nuevos propietarios no solo asumieron tierras sino también la posesión de los indígenas del lugar.

Ante las denuncias que llegaban sobre el trato dispensado a los mismos, desde la Gobernación de Tucumán llegaron los primeros Oidores enviados por el Rey de España a relevar el tratamiento que se les propinaba a los naturales y a hacer cumplir las leyes que, en esta materia, había dictado su Majestad. De corroboraste el incumplimiento a las mismas, el Oidor estaba autorizado a multar, sancionar e incluso, quitar las encomiendas otorgadas.

El primero en llegar fue Francisco de Alfaro en 1611; el segundo y último, Antonio Martínez Luxan de Vargas quien, en representación de la Audiencia de Charcas, procede a efectuar en 1692 una visita de desagravio de la población indígena. De esta auditoría, el funcionario deja escrita una valiosa documentación de más de 600 folios, siendo el contenido más prolífico el dedicado al territorio de la actual provincia de Córdoba ya que, a estas tierras, supo dedicarle casi seis meses de su gestión.

Los tópicos a investigar sancionando, de corresponder, la falta de su cumplimiento eran los siguientes: verificar que los encomenderos alentaran la formación de pueblos indígenas respetando la posesión de sus tierras y sus autoridades (caciques, cabildos y fiscales indígenas); castigar a aquellos que propiciaran la desustructuración de las comunidades y llevaran a los naturales a sus estancias poniéndolos a su servicio personal; confirmar si se había cumplimentado con la construcción de capillas en dichas poblaciones, si se había radicado cura y por ende, si se había llevado adelante el plan de adoctrinamiento religioso de los naturales; finalmente, investigar y castigar los casos de maltrato sobre los indios.

De los textos extraídos de la investigación podemos resaltar que, cuando había ausencia de capilla, su opinión era la siguiente: "... debió ser éste el primer cuidado ... [ésto es la falta de atención a la enseñanza cristiana y a sus ritos como oir misa los días de fiesta y rezar el rosario por la noche] ... y que en lo tocante a la capilla cumpla con lo dispuesto con las leyes y hordenansas que hablan en esta materia sobre que le encargo gravemente la conciencia ...”.

Para el Oidor, el incumplimiento religioso era el más grave delito. Todo lo contrario del sentir de los indígenas, ya que para ellos lo relevante era el sometimiento a la esclavitud y los castigos recibidos. Las denuncias de los naturales también eran relevadas y se pueden sintetizar en estas frases: "... trabajan todo el año y como esclavos, sin tener tiempo para sembrar, sin tener descanso ... contra su voluntad y forsados ... sin respetar los días de fiesta ... y este testigo [el indígena denunciante] no a oido misa en un año entero por no tener lugar por estar cuydando de unas yeguas traidas a dha estancia ...”.

Los encomenderos se defendían de las acusaciones de los naturales con variados argumentos: "... no hacen fe porque no son cristianos y por ello no sauen la gravedad del juramento con lo cual les falta la circunstancia que el derecho previene ...”; refutando, además, la calidad de dichos denunciantes tildándolos de "... semejante xentio ...” acompañando estas palabras con diversas adjetivaciones: "... traidores, borrachos, avilantes, asesinos de españoles, vagos, pecadores, mal entretenidos ...”.

Ante la obligatoriedad legal de garantizarles la vida en población y tierra propia, el encomendero desafiaba la legislación real con concluyentes y osadas palabras: "... si los yndios an de estar trabaxando para si y yo les e de pagar capellan y cura doctrinante ... sera yo ser su tributario y solo segun costumbre en esta ciudad y su jurisdiccion han cumplido los encomenderos con pagarles a los curas sus estipendios ...”.

Cuando nos referimos, de modo específico, a la zona de Guayascate encontramos que en 1692 se daba una situación particular que, tal vez, tendría que ver con el resultado de la visita del oidor Francisco de Alfaro de 1611. En dicha oportunidad el investigador Alfaro toma contacto con Juán de Torreblanca que se había convertido en dueño de la merced como consecuencia de haber contraído enlace con Francisca Nuñez Barriga, viuda de Bartolomé García Tirado que había muerto apenas comenzado el siglo XVII.

Podemos intuir que tras la visita de Alfaro y para no contravenir las normas reales que el Oidor le presentó a Torreblanca (el funcionario avaló a éste en cuanto a "... los bienes que posee ...” mientras que para los naturales aconsejó darles asiento "... en aquellas tierras que necesiten ...”) el encomendero utilizó un hábil camino que consistía en crear la estancia dentro del pueblo indígena. Con esta estrategia el emprendimiento devino en el más importante de toda la zona con una producción sustantiva de trigo y ganado (mulas en especial y ovejas). Durante su administración, la propiedad creció con la incorporación de otras Mercedes.

Al fallecer Juán de Torreblanca los bienes pasaron a su nieto el jesuita Hernando de Torreblanca quien las cede a la Compañía de Jesús de cuyas manos pasa, hacia la tercera década del siglo XVII, al Capitán Juán de Olariaga Martín, natural de Vergara, Guipúzcoa (España) e hijo de Pedro Pérez de Olariaga e Isabel Martín Goyri,  quien la conserva durante más de cuarenta años. Será durante esta gestión que alcanzará el máximo de esplendor aún cuando el camino real ya había encontrado una distinta y mejor ruta ante el afianzamiento de otras relevantes estancias: San Pedro, Caminiaga, Macha, entre otras.

En este período se construirá en piedra una Capilla dedicada a San Agustín; de las misma, en la actualidad, tan solo se pueden intuir sus ruinas mientras que la imagen de aquel San Agustín luce en la Capilla de Nuestra Señora del Pilar en la actual y próxima Churqui Cañada.

En paralelo a todo este proceso el litigio que generaba la estrecha y difusa conjunción entre encomienda y posesión de la tierra ponía en conflicto a los indios con los encomenderos.

De dicho pleito extraemos la intervención de Juan Bernal de Mercado en su carácter de apoderado de los herederos de Bartolomé García en AHPC, escribanía 1, legajo 25, exp. 4, folios 177-178: "... porque a los indios no se les hace merced de tierras, ni tienen capacidad para ello, ni ellos compran ni venden tierras, ni tienen otra cosa, ni tienen todos hacienda para comprar una oveja ni una hanega de maíz, ni son más que unos indios encomendados de servicio personal, que el tributo que dan es sembrar para sus personas en lo que sus amos les mandad, en hacer lienzo y sayales, carretas y domar bueyes, sembrar chacras y guardar ganados y trajines de carretas y hacer casas, y molinos, y plantar viñas y huertas y en los demás servicios que les mandan ...”, y en otro párrafo: "... sin que de ello, ni de una mazorca sean señores para venderlo ni darlo, sino para solo comer y no para otra cosa, y esto los siembran con bueyes y aperos del encomendero comos yanaconas del Perú.”

En 1686, al morir Olariaga sin descendencia, testa bajo fecha 11 de diciembre de 1681 y codicilio del 11 de junio de 1686, la propiedad de las tierras en manos de los indígenas.

Esta es la situación que, tras su paso, describe Luxan de Vargas: al lugar lo designa como "Pueblo de Guayascate”, a Don Leandro Alejo Ponze (o Ponse o Ponce) de León lo reconoce como "Administrador o Encomendero”, a los indios como "originarios”, en relación a sus líderes sindica que "... el Cacique Joseph Samaniego huyo con los Padres de la Compañía de Santa Catalina ...” y en cuanto a la situación de la comunidad aborigen la evalúa como que "... tienen pueblo pero el encomendero siembra y tiene cría de mulas e invernada de vacas en tierras del pueblo de indios”.

Luis Calvimonte, coincidiendo con la visión de Moyano Aliaga, da cuenta que de un oratorio erigido en una de las Estancias bajo la tutela de Leandro Ponze de León identificada como "Copacabana de los Altos” fue retirada muchos años después una Virgen de Copacabana que, rebautizada como Virgen del Pilar, fue llevada como patrona a la Capilla de la actual Churqui Cañada, construída casi dos siglos más tarde.

La situación descripta por Luxan de Vargas se mantuvo hasta mediados del siglo XVIII en una permanente puja por apropiarse de las tierras que "legalmente" correspondían a los indios. Hacia mediados de 1770 el Capitán Juan Barcena logra acceder a la Merced argumentando falsamente que ya no quedaban naturales en la zona. El litigio iniciado por los indios fue inmediato; tomando intervención, nuevamente, el Protector de Naturales.

Esta vez la balanza se inclinó, hacia 1780, a favor de Bartolomé de Echegoyen propietario de la vecina estancia "Los Sauces" quien recibió el respaldo del, por entonces, Gobernador Marqués de Sobremonte quien ya había designado a Echegoyen como su comisionado en la fundación de Tulumba, San Francisco del Chañar y Villa María de Río Seco.

En 1811, en plena efervescencia libertaria, muere Echegoyen iniciándose un proceso de desmembramiento de la propiedad de las tierras propiciándose así la dispersión de los indígenas sobrevivientes los que, definitivamente mestizados, se fueron incorporando a las distintas estancias que se iban multiplicando provocando numerosas radicaciones en pequeños y aislados conglomerados a lo largo de estas hermosas serranías.

Una de estas semillas germinará dando vida a la actual y pequeña Churqui Cañada. Un hito relevante en esta historia es la construcción de su Capilla, Nuestra Señora del Pilar, en 1875.

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Fuentes de consulta:

  • Gustavo Giovagnoli - Viajeros - Sudamericana 2008.

  • Beatriz Bixio - La visita del oidor Luxan de Vargas a la jurisdicción de Córdoba del Tucumán (1692-1693): práctica de la justicia y disputa de valores - Revista Española de Antropología Americana - 2007 vol 37 nº 2.

  • Josefina Piana de Cuestas - De encomiendas y mercedes de tierras: afinidades y precedencias en la jurisdicción de Córdoba (1573-1610) - Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. E. Ravignani - 3º Serie - nº 5 - 1992

  • Archivo Histórico de Córdoba, Escribanía 1. Año 1696. Legajo 169. Exp. 3

  • Agradecemos a Viviana Barrera por su colaboración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vieja imagen de la Virgen del Pilar previa a su ubicación en el altar con motivo de la restauración de la Capilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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