La Iglesia Santuario Mariano Diocesano Nuestra Señora del Rosario de
Villa Tulumba, Departamento Tulumba, Córdoba (Argentina), se levantó
junto a la antigua Capilla construída por el portugués Antonio Ataide en 1700 y que, a fines del siglo XIX, estaba en ruinas. El
Presbítero López de Ascante ordena esta edificación en 1878 colocándose la
piedra fundamental en 1881 con la bendición de Fray Mamerto
Esquiú. La obra es dirigida por el Presbítero Andrés García y
Monseñor Uladislao Castellano la consagrará en 1894. El nuevo templo es
de líneas modernas y estilo románico con planta en cruz latina y una
importante cúpula en el crucero. La nave está cubierta con bóveda de
cañón corrido con altos lunetos. Digno de mención es el tabernáculo de
cedro paraguayo, finamente tallado, dorado y encarnado, con afiligranada
decoración floral y de ángeles. El mismo pertenecía a la Compañía de
Jesús y luego de la expulsión de los Jesuitas estuvo en la Catedral de
Córdoba como escala previa a la Villa Tulumba. La historia de la Villa
se asocia con los Hermanos Reynafé y el asesinato de Facundo Quiroga y
con el Padre Hernán Benítez, confesor de Eva Perón.
La Página Web "Capillas y Templos"
está registrada en la DNDA
(Ver detalle)
SANTUARIO MARIANO DIOCESANO NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
Antigua Capilla Nuestra Señora del Rosario.
Si bien es poco lo que se conoce sobre esta capilla se supone
que, en torno a 1680, ya existía.
Los análisis efectuados por el Prof. Calvimonte y el Padre
Benítez, llevan a la conclusión de que los Ataide donaron el
terreno, pero no la construyeron.
Después de enunciar una serie de indicios sospechan que "...
la idea y la construcción de nuestra vieja capilla se debió a la
visión de los clérigos, más que a la devoción de los Ataide".
"La antigua capilla cuya tipología es fácil reconstruir por
el camino de la tradición oral y su comprobación con los restos
arqueológicos, fue reconstruida en planos por el historiador
local y fino pintor, don Juan José Ramallo. Se trataría de una
fábrica de adobes con refuerzo de piedra tipo laja oscura. Común
en la región, con una sola nave y una torre del lado de
la Epístola. Ésta, con una abertura para las campanas, se
coronaba con un casquete esférico construido con la misma
técnica con que aún hoy se realizan los hornos de pan. Tenía muy
simples cabreadas de algarrobo con pares y tirante".
El
19 de julio de 1749, por disposición del Obispo del Tucumán Don Pedro Miguel
de Argandoña,
se divide el "Curato o Doctrina del Totoral" en dos
Beneficios, uno con título de TULUMBA y el otro de ISCHILIN.
El Padre Simón Tadeo Funes se hace cargo de la parroquia a
partir de 1764. Años después, en 1772, al concursar para curato
rectoral de la Catedral de Córdoba, deja constancia "... que
construyó (reconstruyó) la Capilla de Tulumba en estado de
actual ruina. Que, con su trabajo personal, sin haber pensionado
a los fieles en un peso, la iglesia parroquial de dicho curato,
colocándole tejas, construyendo el coro, el campanario y una
hermosa sacristía, más su adorno interior".
En el año 1795 se realiza el Censo Eclesiástico en el Curato de
Tulumba, dispuesto por el Obispo Mariano Moscoso. En él se
mencionan los distintos parajes, las capillas con la advocación
al Santo Patrono y los nombres de las principales familias. La
población se componía de 9727 habitantes.
En el caso de la Parroquia de Tulumba, se realizó en el mes de
septiembre; estuvo a cargo del Presbítero José Francisco
Echenique. Se censaron 13 familias, compuestas por 72 personas
que se empadronaron como españoles, 18 indios, 21 mulatos libres
y 3 esclavos; en total, 114 habitantes.
Primitiva Parroquia Nuestra Señora del Rosario del Valle de
Tulumba
Dibujo realizado a lápiz por J. J. Ramallo documentado en base a
testimonios de personas que conocieron la capilla
Tomado de
"Tulumba" - Calvimonte, L.Q.
Ruinas de la primitiva Parroquia Nuestra Señora del Rosario del Valle de Tulumba
El templo monumental.
Los comienzos de este templo tienen que buscarse
a principios de 1868, cuando el Pbro. José Víctor Alcorta, con
gran preocupación ve que la vieja capilla, sede de la parroquia,
estaba en estado de ruina, necesitando una muy pronta
reparación. Por otra parte, se hacía necesario ampliar el
espacio disponible porque era escaso para los muchos feligreses
del Curato de Tulumba que, por entonces, era el más importante
del norte de Córdoba.
El Padre Alcorta, ante tal situación, propone a
los vecinos que se integre una Comisión para la obtención de
fondos destinados a la construcción del nuevo templo.
Quedó así conformada la Comisión encargada de
administrar la "hacienda de la Virgen" que se cuidará en
la Estancia "El Portillo" propiedad de Tomás Moyano quien
recibirá, en carácter de pago, el 50% de los múltiplos.
La decisión fue un acierto significativo; a tal
punto, que las donaciones de hacienda fueron muy importantes y
se constituyeron en el mayor capital para la construcción del
Templo Nuestra Señora del Rosario.
En 1879, el Padre Alcorta fue reemplazado por el
Pbro. Evaristo López de Arcante, quien continuó con la tarea que
se estaba realizando, nombrando otra Comisión identificada como
"Recolectora".
A mediados de 1881, es nombrado párroco el Padre
Andrés García Colmena, quien apenas arribado a Tulumba se dedicó
de lleno a la concreción del Templo, constituyéndose en su
máximo impulsor.
La primera acción fue la de hablar con el
Venerable Obispo Fray Mamerto Esquiú (1826-1883) quien lo había
nombra Párroco, para informarle que la capilla estaba en estado
ruinoso y que era de gran necesidad encarar la construcción del
nuevo templo de dimensiones adecuadas. Le dice que "...
confía en la misericordia de Dios y la protección de su
Santísima Madre Nuestra Señora del Rosario, estando compenetrado
en la buena disposición, recta actuación y caridad de los fieles
de la Parroquia".
Parecía que todo estaba encaminada para un
pronto comienzo de obra; pero, surgieron problemas para poner de
acuerdo a los feligreses. Las disidencias giraban en torno a en
qué lugar se construiría, qué estilo debería tener e incluso,
hasta dónde debían llegar las atribuciones del cura.
Luis W. Ataide, en nombre de varios vecinos
elevó sus quejas al Obispo Esquiú quien decidió presentarse en
Tulumba para darle solución a la desavenencias que impedían
avanzar.
Con su capacidad para ordenar el rebaño, comenzó
por comisionar al Arquitecto Angel Marturet para que se
encargara del proyecto y que a su vez, procediera a asesorar
sobre el lugar más adecuado para construir el templo.
El profesional se ocupa de producir el
correspondiente informe para luego, en una acalorada asamblea de
vecinos por él convocada, dar respuestas a las diversas
inquietudes de los asistentes. Como corolario del debate se
procedió a votar por el lugar donde debía ser construído el
templo. Ganaron los vecinos que eligieron el actual
emplazamiento en cercanías de la vieja capilla respecto a la
cual, además, se resolvió que no fuese demolida.
En el día de la culminación de la gran ceremonia
de la Santa Misión, el 18 de febrero de 1882, en gran ceremonia
en un todo de acuerdo al canon establecido, el Obispo Esquiú
bendijo la piedra basal, procediendo a la firma del Acta
correspondiente. Habían pasado 14 años desde la iniciativa del
Padre José Alcorta. (Documento
01)
Don Mariano Güell, en esos tiempos, era uno de
los más afamados constructores de la ciudad de Córdoba. Su
prestigio estaba respaldado por las obras de las que se había
hecho cargo: la Legislatura de la Provincia, el Hospital de
Clínicas, la Escuela Emilio F. Olmos, la Capilla del Seminario
Mayor, el Colegio Santo Tomás, la Capilla del Cementerio San
Jerónimo y la de Las Huérfanas a más de tantas otras obras
similares en Buenos Aires y Tucumán.
La Comisión procede a firmar el contrato acuerdo
con Mariano Güell en abril de 1884.
Contrato de construcción del Santuario.
Dado lo inusual que es el acceso a un documento de esta
naturaleza donde pueden observarse minuciosamente los
componentes tanto de la obra como de las condiciones a cumplir,
transcribimos la copia del contrato firmado el 4 de abril de
1884 en la Ciudad de Córdoba, entre el Arquitecto Mariano Güell
y el Presbítero Andrés García Colmena, para la construcción de
la Iglesia de Tulumba de acuerdo a los planos de Angel Marturet.
En el texto del contrato se hace mención a la vara; se trata de
una medida española antigua. La más utilizada en nuestro país
era la vara castellana que correspondía a unos 83,5 cm, múltiplo
de tres pies castellanos de 27,83 cm. Esta medida, según las
regiones, podía variar entre 72 y 95 cm.
Transcurridos seis años, se debió enfrentar la dura realidad de
una obra casi abandonada por el constructor. La llamada "Crisis
del Año 90" había llegado a Tulumba ocasionando serios daños
económicos. No se cumplieron con los certificados de obra,
produciendo una grave situación financiera que llegó a los
Tribunales de la Ciudad de Córdoba.
El Padre García Colmena y la Comisión se vieron en la necesidad
de negociar una salida con el constructor de resultas de la cual
se acordó reducir la altura de las torres y suspender la
colocación de las tejas en el techo de la iglesia.
Con todas las vicisitudes propias de un emprendimiento de esta
magnitud, finalmente, la obra logra ser concretada. Es momento
para iniciar el alhajamiento acorde a la magnificencia del
recinto.
Arquitectura del nuevo Templo.
Axonométrica del Templo
La nueva iglesia
es
de líneas relativamente modernas en estilo románico.
Se accede al pórtico cerrado por una puerta de hierro de dos
hojas con dintel en arco de medio punto.
Imágenes previas a la restauración
Este ámbito que mide
8,00 m por 2,70 m, posee dos recintos laterales bajo sendas
torres.
Desde uno de ellos, se puede acceder al coro alto y al
campanario alojado en la torre norte. Por una puerta cancel de
madera se accede al sagrado recinto.
La planta es en cruz latina con importante cúpula en el crucero.
La nave principal tiene 35,75
m de largo por 8,10 m de ancho, mientras que el transepto mide
17,00 m de largo por 7,10 m de ancho. La sacristía del lado del
evangelio, tiene las siguientes dimensiones: 6,10 m por 3,60 m;
con una alta ventana en el testero y puerta de dos hojas que la
comunica con el presbiterio. La contrasacristía, del lado de la
epístola, es de igual dimensión. Posee puertas al presbiterio y
al exterior y se ilumina con ventana al oeste. Ambas están
techadas a menor altura que la nave en correspondencia con la de
las galerías.
Los muros están ritmados en seis tramos, con pilastras poco
marcadas en correspondencia con los arcos fajones, siendo de
mayor sección, las pilastras que sostienen los arcos torales.
En el cuarto tramo, sendas puertas de dos hojas de madera,
comunican con las galerías laterales, las cuales se extienden
entre las bases de las torres y las sacristías, con cinco tramos
de arcadas de medio punto.
La imposta, de mucha presencia, recorre el inicio de las bóvedas
tanto de nave como de transepto, se une sobre el altar y se
suspende en el coro alto. Este se desarrolla en todo el ancho de
la nave. Posee baranda simple de metal.
El espacio principal está cubierto con bóveda de cañón corrido
con altos lunetos que se aproximan al eje longitudinal. Son doce
en total, están cerrados en el costado sur y cinco de ellos,
tienen amplios ventanales en el lado norte, que proporcionan una
excelente iluminación a la nave.
El altar mayor y los demás retablos, fueron realizados por el
retablista catalán Don Antonio Font y donados por las familias
Casas, Galianao y Ataide.
En 1958, Monseñor Dávila encargó al discípulo de Fernando Fader,
el artista plástico Martín Santiago, la decoración pictórica de
la cúpula y pechinas. Como el párroco fallece en momentos en que
se concretaba la obra, Santiago a modo de homenaje, plasma el
rostro del cura, en el de uno de los evangelistas.
Su fachada que mira al naciente, posee dos torres campanario,
siendo la derecha, la que aloja las campanas. Esta torre posee
un vano que culmina en arco de medio punto, en cada una de sus
caras, mientras que la del lado del evangelio, han sido cerrados
los vanos sur y oeste. Ambas torres rematan en un cupulín con
cruz de hiero forjado.
En el plano frontal, una trabajada y voluminosa cornisa, que se
desarrolla a la altura del inicio de la bóveda interior y se
extiende a los laterales de las torres, horizontaliza la
composición de la fachada.
Sobre dicha imposta, entre ambas torres se desarrolla un tímpano
de forma semicircular; dentro de él, en el eje de simetría,
sobre la puerta principal, un óculo oficia de ventana coral.
Cuatro pilastras se visualizan en la fachada y en los laterales
de las torres, cumpliendo la función de enmarcarlas; hoy
reforzadas con un cambio de color.
El valor mayor, en realidad, está en la joya
histórica que atesora:
el tabernáculo que fuera de los jesuitas.
Video - Año 2007
Por acta del 10 de enero de 1800, el Cabildo Eclesiástico de
Córdoba declaró que “ era útil y necesario para la decencia
del culto y especial adorno, un Tabernáculo de plata en
la Catedral para reservar el Santísimo Sacramento “.
Para poder llevar a cabo esta obra, entre otras cosas, se
solicitó colaboración a todos los curatos de la campaña. El que
más aportó plata en metal, fue el de Tulumba. Como premio a
esta generosidad de los tulumbanos, el Obispo Ángel Mariano
Moscoso entregó al Pbro. Dr. José Gabriel Echenique (1755-1836),
el tabernáculo que había pertenecido a la Iglesia de la Compañía
de Jesús de Córdoba y que luego de la expulsión de la orden,
había pasado a la Catedral.
Así la modesta capilla, se convierte en depositaria del valioso
tabernáculo tallado en madera, tal vez, único en nuestro país,
cuyo origen es, sin dudas, las Misiones Guaraníes que los
jesuitas tenía en Paraguay, sin conocerse su fecha de
construcción. Con el tiempo, al habilitarse en
el
nuevo templo,
el tabernáculo y las imágenes pasaron a embellecerlo.
Dejemos que Antonio Lascano Colodrero, lo describa: “... Construído en cedro paraguayo, finamente tallado, dorado y
encarnado, tiene tal exuberancia de afiligranada decoración
floral y de ángeles policromados, que deslumbra con el
reverberar prodigioso de los inalterables dorados y estofados.
Concebido a manera de templete, con una elevada coronación,
sostenida por columnas que apoyan sobre un basamento que a su
vez descansa en el altar, sigue la líneas clásica del sagrario
de tipo monumental, y por su posición, colorido y riqueza
denuncia que fue construido para otra perspectiva y distinto
ambiente que hoy le rodea”.
“Las encarnadas figuras de ángeles vestidos, que se respaldan en
las basa, o se asientan sobre los capiteles corintios de las
columnas, las cabezas de los querubines y las otras figuras que
descubren la custodia, que ocupa el centro del templete de
finísima encarnadura y colorido, ubican esta obra en el siglo
XVII y hacen presumir que proviene: o bien de los talleres
escultóricos de las doctrinas del Paraguay, que proveyeron de
tanto elemento ornamental para el decorado de las iglesias de la
Compañía ; o fueron talladas y trabajadas bajo la dirección de
alguno de los padres jesuitas radicados o de paso por Córdoba”.
“Sus columnas salomónicas con capiteles corintios, sus ángeles
portadores de la Custodia, sus niños atlantes, logran
crear ese clima de alegre presencia del barroco americano, como
una repetida aleluya que se expresa con una lograda ascensión,
donde la forma y el color contribuyen a la reacción emocional de
los sentidos, que está en la esencia misma del barroco”.
En la actualidad, en su interior, encontramos la imaginería de
la vieja capilla. La titular del templo, la Virgen del Rosario,
es una imagen de vestir con cabello natural, corona y vara de
plata de 5 onzas, con un gran rosario con cuentas de nácar. Fue
mandada a confeccionar por el Pbro. Echenique en 1806.
Un patético Crucificado, articulado, con cabeza de curiosos
rasgos y factura rústica, que data de 1799, se encuentra en la
ante Sacristía y es usado en Semana Santa.
Cristo articulado en la procesión de Viernes Santo
Al
respecto, aporta
un folleto del lugar: "Sus brazos y cabeza articulados
permitían representar los diferentes momentos del calvario de
Cristo hacia la cruz, generalmente en la hora tercia del Viernes
Santo, dejando caer la cabezasobre el pecho en señal de
muerte. Sus facciones mestizas, sus ojos rasgados y claros,
hacen suponer que se tomó como modelo algún nativo sanavirón del
lugar".
Es fácil de imaginar, para aquellos años, el terror que causaría en los asistentes el
observar el referido movimiento de la cabeza en un ámbito
seguramente con pobre iluminación y enmarcado en el lúgubre
contexto que significa, dentro de la liturgia, la circunstancia
propia del Viernes Santo.
Se conserva una Dolorosa, imagen de candelero y el
recuerdo de un misterioso San Roque de pequeña talla, siempre
colocada al lado del
vice patrono de la Villa, que fue robado, aproximadamente en
1950, devuelto por alguien en cerrado paquete, sin identificarse
unos cinco años después y vuelto a robar en los primeros años de
la década del setenta.
En el lateral izquierdo del pórtico de ingreso, se encuentra el
sepulcro del Presbítero José María Dávila y Matos, quien se
consagró en este templo y fue su párroco por más de cincuenta
años hasta su fallecimiento en 1959.
Párroco José María Dávila en la Casa
Parroquial que se demuele en 1982 (Foto de 1950)
Una vez finalizadas las obras se envió al taller del experto
retablero Antonio Font de Córdoba, el gran tabernáculo para
adecuarlo a su nuevo emplazamiento.
Le agregó la coronación o cupulín, ya que el original, cuando
fue traído a Tulumba en 1803, no pudo instalarse completo en
razón de carecer del espacio necesario en la pequeña capilla. Es
de hacer notar que el trono de dicho tabernáculo fue utilizado
para colocar la imagen de la Virgen del Rosario.
Antonio Font, que había construído el altar mayor y el púlpito,
también construyó ambos retablos laterales. El del Sagrado
Corazón fue donado por Augusto Casas y su esposa Carlina
Bustamente. El retablo de la Inmaculada, la gran custodia y la
imagen de la Virgen del Rosario, que se encuentra en la
hornacina del altar mayor, fueron donadas por José Galiano. El
altar de San Roque y las rejas del pretil fueron donadas por
doña Silvestre Saldaño de Ataide.
Las campanas de un maravilloso sonido, fueron fundidas en
Tulumba durante los tiempos del Cura Inocencio Dávila.
Fue el Padre Hernán Benítez quien supo decir: "...
contemplamos ahora, el corazón de Tulumba. De Tulumba y de todo
el importante recuadro. Ese Corazón es el templo nuevo, aunque
ya centenario, porque a su izquierda se alzan todavía reliquias
de los muros, mejor dicho, murallas de piedra, de la vieja, la
histórica, la tricentenaria, la fuente nutricia en los siglos
XVIII y XIX de la religiosidad del norte cordobés".
Restauración integral.
Desde fines del año 2010 y comienzo del 2011, se están
efectuando tareas de refacción en este templo. Se ha procedido
en eliminar
un recinto construído en la galería norte y una nueva paleta de
colores engalana sus planos exteriores.
La siempre compleja tarea de restauración interior le fue
encomendada a la especialista Marcela Mammana quien, al momento
de encarar la responsabilidad de esta difícil tarea, ya llevaba
acumulada una vasta y fecunda experiencia.
Restauradora Marcela Mammana
Las tierras y el Pueblo.
Conocida
leyenda, que en vieja cerámica, está en las "cuatro
esquinas"
de este histórico pueblo de Tulumba. El gobernador "propietario"
en ejercicio, no está de acuerdo con ella; le parece sinónimo de
negación de progreso, estancamiento, desesperanza. Cuando
inaugura una obra, no pierde oportunidad de hacer esa
referencia. Estamos seguros que Oliverio de Allende, posible
autor de los versos y Don Francisco de Arranz quien materializó
la placa, tenían claros conceptos de proteccionismo y
conservación de esta villa, hace más de medio siglo.
"Lindo el nombre, bello el pueblo
buena jente (sic), fragante el pan.
Quien le ame, por todo
ello,
deje las cosas como están"
"Tunumba"
llamaban los vecinos a un cerro cercano, allá por 1641 y de allí
parece haber derivado el nombre de esta Villa que es una de las
más antiguas del norte cordobés y una de las que pone
preocupación en la conservación de su patrimonio urbanístico.
El Prof. Luis Calvimonte señala que la región del norte cordobés
estuvo ocupada por los sanavirones siendo sus vecinos más
próximos, los comechingones. Numerosas tribus como agampis,
caminiagas, guacias, machas y mozas vivían en pequeños poblados
o en grupos de familias gobernados por una especie de cacique y
dedicados al cultivo de la tierra de modo común.
A partir de 1536, ingresan los conquistadores en estos
territorios. Diego de Rojas fue el primero en recorrer "...
una inmensa región que va desde la Cordillera de los Andes hasta
los llanos que corren paralelos al Río de La Plata. Muerto Diego
de Rojas en Macajajun en las Salinas Grandes, la expedición
continuó al mando de Nicolás de Heredia y Francisco de Mendoza
hasta el Río Paraná".
En 1573, Lorenzo Suárez de Figueroa es enviado por Jerónimo Luis
de Cabrera desde Santiago del Estero a relevar el terreno,
empadronar indios y producir un informe.
La
misión la concreta, de modo holgado y eficiente; de hecho, censa
alrededor de 30 mil habitantes y más de 600 pueblos. Su máximo
problema fue la comunicación ya que la lengua de los nativos
mutaba constantemente. De su experiencia, queda certeza de lo
pacífico de estas comunidades.
Jerónimo Luis de Cabrera (1528-1574) parte de Santiago del
Estero acompañado por Hernán Mejía Mirabal, Blas de Rosales,
Tristán de Tejeda, Jerónimo de Bustamante, Gaspar de Medina,
entre otros. La caravana se componía de 100 hombres más indios
mansos, 40 carretas, 1000 caballos, numerosas vacas, ovejas,
cabras y puercos.
Monseñor Pablo Cabrera concluye que el más razonable y posible
camino recorrido es el siguiente: desde Río Seco (Quillovil) a
Guayascate, y desde esta región a Chipitín; siguiendo hacia Las
Peñas (Cunisacate), continuando a Villa del Totoral (Cavisacate)
y por fin Córdoba que será fundada el 6 de julio de 1573.
Después de este acontecimiento y una vez asentados los
españoles, se da comienzo a la entrega de tierras en carácter de
Merced y algunas Encomiendas de indios.
En la antigua jurisdicción del Curato de Tulumba pueden
reconocerse las siguientes Mercedes:
MERCED DE SAN PEDRO: otorgada en 1602 por el gobernador interino
Diego Fernández de Astrada al Gral. D. Pedro Luis de Cabrera
(1561-1619), hijo del fundador de Córdoba. Pedro Luis de Cabrera
se hará acreedor, además, de la Merced y luego Estancia de
CAMINIAGA.
MERCED DE INTIHUASI (Casa del sol): en 1625, en la región del
cerro Colorado, le fue otorgada a Don Pedro Luis de Cabrera
quien, tres años después, la donó al Cap. Leandro Alejo Ponce de
León.
ESTANCIA DE GUAYASCATE: en 1585, el teniente gobernador Juan de
Burgos se la otorgó a Bartolomé García.
MERCED DE CARDÓN o DEL CARDONCITO: en 1795 fue otorgada al Cap.
Simón Sánchez por el Gob. Intendente Marqués de Sobre Monte. De
su parcelamiento, surgieron los parajes: Puesto de Sánchez, de
Cejas, de Fierro, La Posta, Los Tajamares, etc.
MERCED DE MAMARAS: en 1769, fue concedida por el Gob. del
Tucumán Juan Manuel Campero a Pedro José Varela. Esta extensa
Merced cercana a las Salinas Grandes, al fraccionarse dio origen
a las localidades de Lucio V. Mansilla, San José de las Salinas,
Totoralejos y los parajes El Chilcar, Agua Hedionda, Los
Cadillos, El Tuscal,
Isla San Antonio.
MERCED DE CHIPITIN: fue otorgada por el Teniente de Gobernador
Juan de Burgos, el 8 de febrero de 1585, al Escribano del
Cabildo de Córdoba Juan Nieto; este es el primer antecedente
español de la zona ocupada por entonces por las tribus
sanavironas; en el mismo momento, se le otorga la Merced de
Paravachasca (Alta
Gracia). Las
tierras, en 1609 y a la muerte de Nieto, pasan al también
Escribano Alonso Nieto de Herrera por haberse casado con Doña
Estefanía de Castañeda, viuda de Nieto. Es en esta Merced donde,
más adelante tendrá origen la Villa del Valle de Tulumba.
Fallecida la esposa de Don Alonso, éste hereda todas sus
tierras, donando posteriormente las de
Alta Gracia
a la Compañía de Jesús y procediendo, en 1647, a transferir las
de Chipitín al Cap. García Vera y Mujica.
En 1641, adquiere tierras vecinas al Cap. Francisco de Ayala y
Murga y su esposa Catalina de Solís quien las había heredado de
su primer esposo Francisco Mejía Mujica.
En 1627, Alonso Nieto de Herrera las vende al Capitán García de
Vera y Mujica, heredándole sus hijos. Uno de ellos, en el año
1656, el General Francisco de Vera y Mujica vende sus derechos
sobre parte de las tierras denominadas Cuchi Huasi y Tulumba a
Pedro Gonzalez. Dicha propiedad implicaba "... cuatro leguas
de tierra, con límites por el este con Chipitín; al sur con la
estancia de Las Peñas, hacia el sur oeste con la Merced de Macha
y por el noroeste con las tierras de Intihuasi. Tulumba quedaba
dentro de esta jurisdicción". [A.H.P.C.- Reg. 1 Año 1636,
Leg. 22].
El 30 de abril de 1664, el lusitano Antonio Ataide compró por
275$ las tierras que llevaban por nombre Cuchi Huasi y Tulumba a
Don Pedro González quien no había tomado posesión de sus
tierras. El 23 de mayo de 1672, después de más de diez años de
juicio, logra desalojar a los usurpadores tomando posesión y
conformando una estancia con todos los elementos disponibles:
agua, leña, árboles frutales, buenos pastos. Hacia el 1700,
mandó construir una capilla bajo la advocación de Nuestra Señora
del Rosario. El 13 de febrero de 1675, se casó con Ana de
Mendoza y sus ocho hijos formaron hogar en las inmediaciones.
Fundación con
Título Real.
El Curato de Tulumba, en época del Marqués de Sobre Monte, tenía
una gran extensión con una apreciable cantidad de estancias en
torno al grupo de casas que formaban el pueblo de Tulumba,
propiamente dicho.
Es por ello que, el 25 de enero de 1796, dispone se inicie el
estudio sobre la factibilidad de fundar una Villa,
preferentemente en la sede de la parroquia.
Comisiona al Juez Pedáneo y al Cura Párroco, entendiendo que
serían las personas más idóneas para realizar un informe, amén
de reunir a la población dispersa e instarlos a agruparse para
lograr los beneficios de la vida civilizada y religiosa.
Se comisiona al Juez don Bartolomé Echegoyen quien informa que
Tulumba tiene 42 vecinos, casi todos descendientes de españoles
y enumera otras bondades que, dentro del Curato, posicionan a
Tulumba como el lugar ideal para la fundación de una Villa.
De las investigaciones efectuadas por Echegoyen surge que
Antonio Piñeiro es poseedor del testamento de doña Ana de
Mendoza Vda. de Ataide, con sus respectivas hijuelas. El 27 de
septiembre de 1796, hace constar en acta que todas las personas
que son dueños donan sus derechos sobre la estancia indivisa;
por consiguiente, el Marqués de Sobre Monte dispone que se forme
la Villa siguiendo Don Bartolomé Echenique a cargo de la
Comisión que deberá tomar todas las medidas necesarias para
concretar la Villa.
Siguiendo el protocolo correspondiente, Sobre Monte envía el
expediente al Honorable Cabildo de la ciudad de Córdoba para que
dieran por aprobado todo lo realizado hasta el momento y de
allí, girarlo a las autoridades virreinales de Buenos Aires para
luego pasar al Consejo de Indias, encargada de tramitar la real
Cédula y disponer la creación de la Villa.
El Cabildo de Córdoba se opone. Prefiere que, en lugar de una
Villa con todos los privilegios que ello conlleva, sea solo un
pueblo dependiente de las autoridades de la ciudad de Córdoba.
Básicamente, los argumentos son de carácter económico.
Sobre Monte no desiste y eleva el expediente al Síndico
Procurador Don José García de la Piedra quien falla en oposición
al Cabildo aduciendo que los argumentos de éste, son
manifiestamente exagerados.
La tramitación del expediente es por demás lenta,
fundamentalmente porque Sobre Monte ya no está en el cargo al
pasar a Buenos Aires para asumir como Inspector General de
Armas.
Los
denodados esfuerzos del Cura Párroco José Gabriel de Echenique
dieron sus frutos producto de su insistencia y el envío, a sus
costas, de un representante ante la Corona española y así se
llegue a la firma de la Real Cédula que se concreta el 3 de
octubre de 1803 con la firma del Rey Carlos IV de España. (Documento
02)
Mensura Villa Tulumba
Los Ataide.
Antonio Ataide hijo de Antonio y Teresa Lobos, se casó con Ana
de Mendoza en la Iglesia del pueblo de Quilino; tuvieron cinco
hijos: José, Francisco, Catalina quien se casó con Miguel
Gerónimo de las Casas; María que se casó con Diego Pereyra de
Flores y Juana casada, en la capilla de
Totoral, con
Domingo Ávila y Teresa.
En
el año 1730, el primer Ataide que llega a estas tierras, lo hace
por el puerto de Cartagena.
El Prof. Luis Calvimonte afirma que, "... años más
tarde, Antonio de Ataide se desempeñará como apoderado de los
bienes sucesorios de la Estancia de Totoral Chico y su hijo
Antonio, adquiere tierras en Tulumba y Cuchi Huasi. Este a su
vez tenía dos hermanas: Juana y Teresa, que lo acompañarán a
poblar el valle de Tulumba.
Los Ataide no eran vástagos de conquistadores, ni de fundadores
de ciudades; ni siquiera de los primeros pobladores del Tucumán.
Por eso puede decirse que Tulumba tiene un nacimiento humilde".
El Padre Hernán Benítez, al referirse a los primeros pobladores
de la región, dice que "... solo tenían afán de enriquecerse
con el comercio. Las tres familias de origen portugués,
emparentadas entre sí: los Ataide, los Flores y los Acosta, no
poseían otras armas que el coraje, frente a la incertidumbre del
futuro".
Venciendo enormes y amenazadoras dificultades, los Ataide se
asentaron en una posición geográfica que haría de la región un
lugar estratégico y que, con el tiempo, permitiría que allí se
erigiera la población más importante del norte de Córdoba.
Completa el Padre Benítez asegurando que, "... de la
descendencia de los Ataide, los Flores y Acosta, salió la
primera generación de Tulumbanos que se fueron multiplicando, a
través de los años, por vínculos con otros apellidos
tradicionales de la región, como fueron los Bravo, Benítez,
Burgos, Bustamante, Cabrera, Cáceres, Casas, Celis, Coloma,
Correa, Fierro, García, Márquez, Martínez, Palomeque, Pérez,
Piñeiro, Ponce de León, Prado, Roldán, Ramallo, Saldaño, Sosa,
Vera".
En la actualidad, la mayoría de estos apellidos perduran en
Tulumba; lo paradójico, es que la familia Ataide prácticamente
se ha extinguido.
Los Reinafé.
Imposible dejar Tulumba, sin hacer referencia a una familia
que es parte importante de la historia de este pueblo:Los Reinafé.
Hacia
1770, llegó
a Tulumba el fundador de este “Clan”,
un trotamundo vendedor ambulante, de origen irlandés, de amplia
cultura con posible formación jesuítica, que el 15 de junio de
1781, en la vieja capilla ante la Virgen del Rosario, se casó
con Claudia Hidalgo. En los siguientes veinte años tuvieron doce
hijos. Algunos de los cinco varones, instruidos y militares de
importante actuación, fueron protagonistas principales de
la
trágica historia
acontecida
la
tarde del 16 de febrero de 1835.
En
Barranca Yaco el
Brigadier General Juan Facundo Quiroga y las ocho personas de su
comitiva, son masacrados;
la historia registra a
Santos Pérez
como autor material del hecho y a los hermanos Reinafé como los
instigadores.
José Vicente
Reinafé
(1782-1837),
Guillermo
Reinafé
(1788-1837)
y
Santos Pérez (1805-1837 sin que se les quitaran los grilletes,
fueron
fusilados un
25 de octubre de 1837
por un pelotón al mando del General Agustín Pinedo. Luego del
usual disparo de gracia fueron ahorcados y expuestos durante
seis horas
bajo
las
arcadas del Cabildo de Buenos Aires.
Los otros hermanos Reinafé tuvieron distinto fin: José Antonio
(17986-1837) falleció en la cárcel siete días después de la
ejecución; por su parte, Francisco (1798-1840) logró huir de la
prisión y después de la derrota de Cayastá se arrojó al Paraná
para evitar que lo volvieran a atrapar; por último, Isidoro
(1798-1828) no estaba implicado ya que había fallecido siete
años previos a los homicidios.
José
Márquez.
En Tulumba, también merece ser recordado es José Márquez
quien, un día,
decidió bajar al sur y presentándose ante el Coronel Don José de San
Martín le solicita ser incorporado al Regimiento de
Granaderos a Caballo. El 3 de febrero de 1813, durante el combate de San Lorenzo
y defendiendo la Patria, este tulumbano pierde su vida.
Padre Hernán Benítez (1907-1996).
Nació en Córdoba el 12 de febrero de 1907. Enrique Benítez y la
española Leonor Aldama, fueron sus progenitores. Enrique y
Lidia, sus hermanos.
Desde niño, pasaba largas temporadas en Villa de Tulumba en casa
de su abuela Griselda; inclusive junto a su hermano Enrique
asistieron dos años a la escuela primaria de esta localidad.
En febrero de 1919 y con 12 años de edad, Hernán ingresó a la
Compañía de Jesús permaneciendo en la Orden hasta 1947.
Fue en ese año cuando el Presidente Perón lo comisionó, como
delegado suyo, para organizar el viaje de su esposa Eva Duarte
de Perón a Europa y en particular, a la Santa Sede donde se
habría de entrevistar con el Papa Pío XII y su secretario de
Estado Cardenal Montini quien será, más adelante, S.S. Paulo VI.
A pesar que el General de la Orden y el Provincial de la
Compañía estaban informados de la tarea asignada, al llegar a
Europa, un sector cercano a El Salvador se opuso abiertamente a
las actividades comprometidas por el Padre Benítez. El Padre
General de la Compañía Jean-Baptiste Janssens, dispuso su
residencia en España, destinándolo a Salamanca e impidiendo su
regreso al país.
Estando en ésa, enfermó de una polineuritis muscular que lo
dejará semi parapléjico de por vida. Vivió entonces, uno de los
momentos más difíciles de su vida al tener que abandonar la
Compañía de Jesús, a la que tanto amaba. El mismo Janssens le
dio la secularización.
Pudo continuar con el sacerdocio, al ser incardinado al clero
secular por el Arzobispo de Toledo. A su regreso a la Argentina
fue incardinado por el Obispo de Salta Mons. Tavella,
continuando así con su sacerdocio.
El Padre Benítez es más conocido por su dirección espiritual de
la Fundación Eva Perón; sin embargo, tuvo gran actuación en
diversos ámbitos: docente en el Colegio de la Inmaculada de
Santa Fe; formador de sacerdotes en el Seminario Diocesano de
Devoto; asesoró y actuó como consejero de sacerdotes, prelados,
políticos, gremialistas, gobernantes y también a sus hermanos
que habían abandonado el sacerdocio.
Obtuvo el premio Nacional de Filosofía en el Congreso de 1949,
realizado en Mendoza. La revista católica "Criterio" lo
tuvo como uno de sus periodistas más conspicuos. El artículo
"Tulumba y mis amores" (Diario "Los Principios" del
19-01-1944) motivó diversos comentarios dentro y fuera de la
Compañía de Jesús.
El progreso de Tulumba fue de su permanente interés. El proyecto
más importante fue el del año 1950 cuando logró que Tulumba
fuera elegida como sede de un hospital regional de 1000 camas,
con su complejo habitacional de médicos y personal
especializado; esto hubiese posicionado a la Villa en un lugar
expectante en la región.
Una oposición cerrada de la dirigencia política del pueblo y
aún, de su propia familia contraria al gobierno, hicieron que la
Villa perdiera esta gran oportunidad. La partida fue destinada
para construir el gran hospital de la calle Warnes en Buenos
Aires. Por los acontecimientos acaecidos en el país, la obra
nunca se concluyó, transformándose en el tristemente célebre
"Albergue Warnes" demolido en 1991. Perdió Tulumba y perdió
Buenos Aires, por decisiones políticas incorrectas.
El P. Benitez dejó dos legados importantes:
El primero, sus "Estampas Tulumbanas" que,
lamentablemente, aún se encuentran inéditas. Son más de treinta
estampas donde están presentes la historia, las tradiciones y
los personajes de Tulumba. El definía a su obra como que "...
no es un librode historia, ni de paisajes. Es un libro
de espiritualidad, cuyos objetivos siempre fueron, aún en mis
escritos políticos, dar campanadas de eternidad".
El segundo legado fue la creación de la Escuela Secundaria
"Lidia Pura Benítez de Chionetti" en la que puso gran
esfuerzo económico en aras de la formación de los jóvenes
tulumbanos.
En sus últimos tiempos residió por largos períodos en Tulumba,
falleciendo el 22 de abril de 1996 en Florida, Pcia. de Buenos
Aires; lejos de su querida Villa de Tulumba e ignorado por gran
parte de la dirigencia del justicialismo y olvidado por la
cúpula eclesiástica.
El Padre Hernán Benítez sobre Tulumba
Padre Hernán Benítez
(Confesor de Eva Perón)
"En ningún sitio he sentido tanto, como en
Tulumba, esa gran presencia indiana, tan diluída ya
en las sierras y brutalmente perseguida en sus
últimos reductos por el urbanismo. Allí se presiente
todavía. Me ha parecido ver el alma del indio
asomarse por sobre las tapias de adobes
semiderruidas y he creído que me miraba momificada
desde la cara plana de los tunales.
El valle es inexpresivo, pero sus cielos
nocturnos son sencillos triunfales. No existe noche
de estrellas como la noche tulumbana, ancha y
limpia, al igual que un alma grande y sufrida.
Observando el panorama de cualquiera de los cerros
que ciñen al pobladío, parece éste un enorme lago
hondo y ensombrecido en el que brillan intermitentes
luciérnagas. Las leyendas indias de la región dicen
que aquí las vírgenes a quienes vencía el sueño
sobre la maciega del arroyo, si al despertar se
hallaban ultrajadas, no culpaban al demonio, ni a
los íncubos silvestres, sino al lucero y a los
astros. Y aún hoy aseguran que en los campos y
noches tulumbanas, las estrellas cometen picardías.
En aquel sitio, por su humilde soledad habría
germinado en la Europa Medioeval, un monasterio de
monjes contemplativos, aborrecedores del mundo.
Aquí, en Sudamérica, no ha dado más de un aduar de
indios sanavirones, en los días de la conquista, y
una villa real para mestizos tumulentos y para
españoles pobretones y lujuriosos, en los tiempos de
la colonia. Desde entonces hasta ahora, un pobladío
de elemental inspiración edilicia, cubos y
rectángulos alineados flojamente en la urdimbre de
diez o doce manzanas de edificación urbana y a la
entrada de los tres caminos principales, un
sarpullido de ranchos tristes e inurbanos.
No sé que poesía llevaría en mi alma, cuando
niño, pero es verdad que no podía ver ese caserío
entre llovizna sin que me doliera el corazón. Cuando
he visto amortajarse entre nieblas la lejana cadena
montañosa de Inti Huasi y languidecer los cerros del
horizonte, me ha parecido que yo mismo moría".
(Extraído de "Yo fui el confesor
de Eva Perón, conversaciones con el Padre Hernán
Benítez" - Norberto Galasso)
Casa Museo Padre Hernán Benítez
Santuario Diocesano de Nuestra Señora del Rosario - 14 de
agosto de 1988.
El acontecimiento más notable del siglo XX para Villa Tulumba,
tanto en el orden espiritual como temporal, fue la erección del
Santuario Mariano Diocesano de Nuestra Señora del Rosario.
Al finalizar el Año Mariano Universal, el Obispo de Dean Funes
Monseñor Lucas Donnolly con el propósito de intensificar el
culto de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, toma la
decisión de declarar al templo de Villa Tulumba como sede
material de Nuestra Señora del Rosario de Tulumba como Santuario
Mariano Diocesano. Para tan importante acontecimiento se fijó el
día 14 de agosto de 1988. Se nombró una Comisión Ejecutiva
presidida por el profesor Luis Quiterio Calvimonte, quien relata
lo acontecido en tan magna fecha.
Según su
relato "...
desde muy temprano comenzaron a llegar peregrinos de los pueblos
y parajes de la Prelatura y el pueblo se colmó de gente. La
ceremonia principal comenzó a las 15:00 h con la bienvenida a
las imágenes en la entrada de la villa, las que se dirigieron en
procesión hasta el altar levantado frente al templo. La
ceremonia fue presidida por Monseñor Donnelly acompañado por
autoridades civiles de la región, provinciales, departamentales
e intendencias; representantes del Tercer Cuerpo de Ejército y
autoridades eclesiásticas: Fray Omar Acastello, Fray Mario
Fuenzalida y Fray Gerónimo Rodriguez. Durante el acto se
colocaron frente el altar las imágenes veneradas en las
poblaciones vecinas, entre ellas 'El San Pedrito', 'La
Cautivita' y el San Roque de Villa Quilino. Fray Omar Acastello,
Provincial de la Orden de la Merced dio lectura a la disposición
canónica declarando oficialmente SANTUARIO MARIANO DIOCESANO al
templo dedicado a NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE TULUMBA con el
repicar de las campanas, suelta de palomas y diana de gloria por
la banda militar".
Reconocimientos.
La Comisión Nacional de Museos y Monumentos y Lugares Históricos, el 11 de abril de 2002 por Ley 25579, declaró
"Bien de
Interés histórico" al tala de Esquiú,
que se encuentra en la Plaza Granadero Márquez, al lado de la
Iglesia de Tulumba. Bajo este árbol, Fray Mamerto Esquiú
impartía catequesis a los vecinos de la Villa. (Documento
03)
Actualmente, parte del pueblo de Tulumba
está protegido y declarado "Lugar Histórico de Interés Provincial" mediante el Decreto Nº 7639 del 11 de diciembre de 1979 en el
que se incluyen las dos calles principales, su encuentro en las
"cuatro esquinas" y algunas edificaciones aisladas. La decisión
esta respaldada en la Ley Nº 5543 de protección a Los Bienes
Culturales de la Provincia de Córdoba.
Cuenta con muy importantes
reconocimientos a nivel país por su historia tan antigua, como
la declaración de Pueblo Auténtico el 3 de noviembre de 2017 y
con posterioridad, la designación de Poblado Histórico Nacional
el 6 de junio de 2022.
CALVIMONTE, Luis Quiterio: "Tulumba, su
historia civil y eclesiástica" - Editorial Copiar,
Córdoba, 1999. (1)
CALVIMONTE, Luis Quiterio:"Tulumba, aspectos históricos de la villa y su contorno" -
Córdoba,
1983.
DOCUMENTOS DE ARTE ARGENTINO: "En los senderos misionales
de la arquitectura cordobesa", Cuaderno XV
-
Buenos Aires, 1942.
(2)
FERRARI RUEDA, Rodolfo de: "Historia de
Córdoba" - Editorial Biffignandi, Córdoba, 1964.
FURLONG CARDIFF, Guillermo, S.J.:"Arquitectos Argentinos durante la dominación hispánica"
-Editorial
Huarpes, S.A. - Buenos Aires, 1945.
GALLARDO, Rodolfo (Ver
Biografía); MOYANO ALIAGA, Alejandro; MALIK de TCHARA,
David:
"Las Capillas de Córdoba
– Estudios de arte Argentino", Academia Nacional de Bellas
Artes, 1988.
(3)
LAZCANO GONZALEZ:
"Antonio,
Monumentos Históricos de Córdoba Colonial"
-S. de Amorrortu e hijos -Buenos Aires, 1941.
(4)
BENITEZ, HERNAN:
"Tulumba de mis amores" - 1943
Agradecemos a la Secretaría de Cultura y Turismo de la
Municipalidad de Tulumba, en la persona de su Secretario Sr.
Oscar G. Díaz, la información suministrada.
(1)
(2)
(3)
(4)
Villa Tulumba y Santuario Mariano Diocesano Nuestra Señora del Rosario en 1930