La Iglesia de San Agustín, ubicada en la localidad homónima del
Departamento Calamuchita, Córdoba (Argentina) tiene como
antecedente la pequeña capilla de Boca del Río, paraje que fue propiedad
de Melchor Sánchez quien la había comprado al Monasterio de Las
Catalinas. De esa capilla hay documentación que indica servicios hacia
1762 como ser el bautismo de la esclava Tomasina o el casamiento de Juan
Acuña con Petrona Basualdo, actos llevados a cabo por el Cura José
Noriega del Curato de Calamuchita. En 1868 comenzó la construcción de la
actual Iglesia y dos años después, el Presbítero Adolfo Villafañe dona
terrenos para la radicación de familias en torno al templo. Se crea una
comisión que reglamentará la distribución de lotes dando nacimiento a la
comunidad de San Agustín que, en 1900, reemplazará el nombre histórico
de Boca del Río. La obra de la iglesia demoró unos 15 años siendo
inaugurada en 1885.
Diego de Rojas
Purísima
San José y el Niño
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SAN
AGUSTIN
Historia
murmurada por las aguas de un río a un oído atento:
Hubo un día en que los colores se hicieron grises.
Infinitas gamas de grises donde, incluso, el gris mismo se
negaba a ser color.
El rojo se
hizo gris; el verde, el azul y hasta el blanco se volvieron
grises. Los pájaros, los árboles y los peces, nadie escapó al
extraño suceso. Algunos grises eran intensos, casi negros.
Otros, débiles, fríos. Las distintas tonalidades de gris, sin embargo,
encontraban un punto donde confluir, era el gris exacto
donde el latido se hace ausencia, donde un grito estremecedor y
gutular presagia la
muerte.
Todo ocurrió aquel día en que lo vieron cruzar el río por tan
solo un instante. Fue el justo e ínfimo tiempo para que el miedo se
volviese carne en sus cuerpos.
¿Qué sería aquello? Tan erguido, tan alto, tan capaz de moverse
en el aire y brillar con luz propia que, como el sol, enceguecía
con solo mirarlo. ¿Qué sería? Tan misterioso e imposible de ser
quitado del pensamiento.
El tiempo pasó y los sucesos de aquel día se interpretaron en
la comunidad como un sueño, como una mala pesadilla. Trataron
de olvidar; aunque algo se ocupaba de recordárselo: todo seguía
siendo gris. Oscuros y claros, pero siempre grises.
Fue otro el día en que llegaron más y más. Tan iguales a aquel
primero aunque ya no tan brillantes; por el contrario, eran
opacos que gritaban,
herían, violaban, esclavizaban y mataban. Algunos, los menos,
portaban dos palos cruzados. De ellos, aprendieron a saber que
detrás de esos dos palos se escondía un dios distinto a los
propios; un dios muerto por mano de hombre. ¿Qué clase de dios
puede ser muerto por hombres? ¿Cómo podría este frágil dios
triunfar sobre sus dioses todopoderosos que ningún humano podría,
jamás, ni siquiera herir?
La presencia de los grises eran una señal clara que sí podría.
Muerte y oscuridad era la respuesta.
Día tras día, se los veía entrar y salir de una pequeña
construcción de barro y paja que, ubicada a la vera del río,
exponía sus dos palos cruzados en lo alto de la techumbre. Se
los veía hincados de rodillas, se los oía murmurar y a veces
cantar.
Al salir, azotaban sin dejar de hablar, más y más, de
su dios.
Años pasaron, décadas, siglos; todo aquello se cubrió de gris
polvo de pasado. Algún viajero supo sortear aquel río en el
mismo sitio donde alguna vez estuvo la choza de barro y paja con
los dos palos cruzados y donde alguna otra vez vivieron aquellos
que aseguraban que, en el lugar, supo haber colores.
El gris viajero, rodeado de grises, pensó que todo debía ser una
leyenda que hablaba de azules, rojos, verdes y naranjas. ¿Qué
burda fantasía sería todo aquello si nunca nadie daba fe de
haber visto algo distinto al gris?
Sin embargo, hubo un día en que toda aquella sangre que habían
hecho manar por los ríos se encontró con la mano de uno de
aquellos dioses todopoderosos que ningún humano podría, jamás,
ni siquiera herir y se fundieron en un abrazo, se estrecharon en
un grito de libertad, en un estallido de colores intensos. Hubo un
día en que éso ocurrió y todo se volvió azul, verde, naranja,
amarillo, blanco.
Hubo un día que, por fin, todo volvió a ser vida.
Video - Año 2013
Boca del Río:
¡Cuán
distinto a los ojos es, hoy, la "Boca del Río"!. ¡Cuán distante de
aquellas historias resulta la imagen actual de ese recodo
serrano donde un moderno balneario convoca al esparcimiento de
las nuevas generaciones!. En ese ambiente distendido, por
desconocimiento o desinterés del visitante, los restos arqueológicos que los
rodean se tornan invisibles.
Poco, casi nada, queda de aquellas sociedades nativas sometidas
a la destrucción física, cultural e histórica por una
"civilización" que, motivada tan solo por la ambiciosa búsqueda
de riquezas, se sustentaba en la fuerza de la espada y el
discurso justificador de la cruz.
De
las conversaciones entre José Pablo Feinmann y Horacio González
que dieron contenido al libro "Historia y pasión. La voluntad
de pensarlo todo" extraemos una reflexión del Director de la
Biblioteca Nacional que, si bien conducen a hechos
contemporáneos, pueden ser cabalmente aplicables a aquellos años
de conquista y su contexto de modo que nos ayuden a comprender
las inevitables consecuencias ante el violento encuentro de dos
culturas profundamente diferentes. Dice González: "Lo que
Marx considera al analizar el concepto de fetichismo en "El
fetichismo como mercancía" acerca de la religión es que ésta es
abstracta como la mercancía; por lo tanto, es posible devocionar
a Dios y a los hombres en abstracto y es posible matar a los
hombres en concreto en nombre del hombre abstracto".
El
conflicto a discutir e intentar resolver es el secularmente
debatido dilema donde un Dios omnipotente se evidencia, cuanto
menos, contradictorio con sus propios principios permitiendo
todo tipo de violencias terrenales. La visión de la condición
abstracta de ambos, cielo y tierra, es un camino válido a
recorrer frente a un interrogante que hasta el mismo San Agustín
supo plantearse.
"¿Quién me ha hecho así?
¿No me ha hecho mi Dios, que no solo es bueno sino la
bondad misma?
¿Pues de dónde me ha venido a mi el querer el mal y no
querer el bien?
¿Quién puso esta voluntad dentro de mi? Y si la puso el
diablo, ¿quién hizo al diablo?
¿Dónde está el mal? ¿De dónde viene y por qué se ha
colado en el mundo?
¿Cuál es su raíz y su semilla? ¿De dónde viene, pues, el
mal si Dios hizo todas las cosas y siendo bueno las hizo
buenas?
El Creador como su creación son buenas; entonces, ¿de
dónde procede el mal?
¿Es, acaso, que era mala la materia de donde sacó el
universo?
¿Y por qué ésto? ¿Acaso Dios no tenía poder para
transformarla y cambiarla de todo modo que no quedase de
ella rastro del mal? ¿No es acaso omnipotente?"
Libro VII, cap. III y V
En la zona que nos ocupa aquí, muchos siglos antes de los
cavilaciones de San Agustín y de la existencia del
mismo Jesucristo, habitaron los Ayampitín.
A mediados del siglo XX, gracias a los estudios de Alberto Rex
González basados en la metodología de la excavación
estratigráfica y las mediciones con carbono radiactivo, se
confirma que estas comunidades son propias del precerámico en un
período estimable entre los 5000 y 8000 años antes de Cristo.
La presencia de estas sociedades desperdigadas en familias se
extendió sobre una vasta superficie que involucró desde la zona
de Cerro Colorado hasta Alpa Corral de la actual Córdoba así
como importantes territorios en el norte y noreste de San Luis.
Se los asocia con un estilo de vida nómade, cazadores y
recolectores de semillas, refugiándose durante su derrotero bajo
aleros rocosos o cuevas.
Hacia el siglo VI de nuestra era y a lo largo de unos 500 años,
aquella civilización comienza a ser conquistada o absorbida por
una nueva comunidad que migraba hacia estos territorios de norte
a sur.
Nos encontramos con los Sanavirones que ocuparon Santiago del Estero
hasta el límite norte de la actual Córdoba y los Comechingones
divididos por su lengua en dos grandes grupos: Henia (en tierras
de la actual Córdoba) y Camiare (en tierras de la actual San
Luis). Estos idiomas se han perdido totalmente ya que, con el
ingreso de los españoles se lo sustituyó por un híbrido de
quechua y español. En este sentido el sacerdote jesuíta Alonso
de Barzana, hacia fines del siglo XVI, describe que los
naturales "... han aprendido la lengua del Cuzco, como todos
los indios que sirven a Santiago y a San Miguel, Córdoba, y
Salta y por medio de esta lengua que todos aprendimos casi todos
antes de venir a estas tierras, se ha hecho todo el fruto en
bautismos, confesiones, sermones de doctrina cristiana que se ha
hecho y hace en todas las ciudades desta provincia”.
En lo que concierne a las tierras de Calamuchita la comunidad
Henia que ocupaba sus valles y serranías era conocida como
Macaclita.
Pequeños núcleos familiares cohabitaban en amplias casas semi
enterradas con techumbres de barro y paja. Cada grupo familiar se
mantenían separados entre sí por distancias que oscilaban la
legua a legua y media.
Eran altos; los hombres eran barbados; su indumentaria incluía
lana, cuero, caracoles y cobre para la ornamentación; conocían
la cerámica aunque sus trabajos eran de diseño muy simple
decorados con guardas geométricas monocromáticas; sedentarios
arraigados en zonas vecinas a ríos y arroyos; procuraban sus
alimentos a partir de la cría de animales, la caza (usaban arco
y flechas de punta triangular, boleadoras y lanzas), la recolección de semillas y una
siembra variada (en este aspecto Gerónimo Luis de Cabrera los describió
como "grandes labradores que en ningún cabo hay agua o tierra
bañada que no la siembren"); no consumían alcohol; solían
ser belicosos con otras familias vecinas si se intuía que éstas
ponían en riesgo la privacidad demarcada para cada casa (los
límites se definían con espinillos o tunas); practicaban
rituales que incluían alucinógenos donde la luna y el sol eran
centrales en sus ceremonias; asumían que la vida se prolongaba
más allá de la muerte con lo cual acompañaban los restos
sepultados de los fallecidos con vasijas de cerámica, armas de
caza, alimentos y ornamentaciones.
Esta es la población con la que, hacia fines mediados del siglo
XVI, se
encontraron los españoles en su avanzada sobre la actual provincia de
Córdoba.
Francisco de Mendoza, quien reemplazó a Diego de Rojas
muerto por los indios, recorrió de norte a sur el territorio
cordobés hacia 1546.
En 1551, Francisco de Villagra transitará esas tierras buscando
una ruta confiable que uniese el Alto Perú con Chile. En 1554
será Francisco Aguirre quien se aventure por estas comarcas,
copiando el itinerario de Francisco de Mendoza.
Sebastián Gaboto
Hacia 1573, otro español en tomar contacto con estas comunidades
ha sido Francisco César (miembro de la expedición de Sebastián
Gaboto al Río de la Plata) que a pie, junto con un grupo que
ascendía a poco más de una docena de hombres, partió del recién
fundado Fuerte de Sancti Spiritus sobre el Paraná en dirección
noroeste acompañando el Río Carcaraña y posteriormente el
Ctalamochita (Río Tercero). De este viaje y del
relato de los seis sobrevivientes que regresaron tres meses
después nace el mito del descubrimiento de una ciudad que, bajo
la conducción del Cacique Comechingon Yungulo, estaba colmada de
riquezas en oro y plata. La misma se dio en llamar Ciudad de César en clara
asociación al apellido del aventurero. Lo incierto de la
ubicación de la misma hizo que nunca se pudiese hallar aún
cuando numerosos fueron los expedicionarios que intentaron su
búsqueda dejando incluso la vida.
En el mismo año de 1573, Gerónimo Luis de Cabrera funda Córdoba y
envía a Lorenzo Suárez de Figueroa a recorrer los territorios
hacia el sur de la nueva ciudad relevando la zona hasta los
límites actuales de la provincia.
Este período es identificable como el comienzo de la distribución
de tierras en carácter de mercedes a los distintos
expedicionarios que acompañaron a Gerómino Luis de Cabrera. En
comunión con este proceso y en tan solo un siglo, los Comechingones quedaron
desintegrados mediante la matanza de los que resistieron, el
desarraigo y la consiguiente descomposición familiar, la
compra de voluntades de los corrompibles y la sumisión de
aquellos débiles.
El objetivo final fue la enajenación de las tierras que pasaban a
manos de los conquistadores en vil reparto bajo los eufemismos
de "merced" o "encomienda". Para lograr la apropiación se
necesitaba, tan solo, demostrar ante el Rey, quien concedía las
propiedades, que los territorios estaban libres de cualquier
ocupación humana; con tal fin, se procedía a concentrar a aquellos
indios considerados "útiles" y/o "dóciles" en un sitio reducido ("reducción") con la excusa de
evangelizarlos.
Como bien reconstruye en su trabajo de investigación la Dra.
Beatriz Bixio, el proceso era acompañado por la invisibilización
y pérdida de identidad de los nativos; de hecho, de ser
identificados en un principio como Comechingones explicando que
la palabra expresada por los naturales, según Gerónimo de Bibar,
"... quiere dezir en su lengua muera, muera o matar";
pasan a ser genéricamente "yndios" diferenciándolos, tan solo,
por el nombre del sitio donde se los llevaba a residir o la
dependencia a un Cacique o a un Encomendero. Esta
despersonalización se acompañaba con el uso de adjetivos que
remitían a describir las condiciones del sujeto en lo que
respecta a la mayor o menor predisposición al trabajo, al nivel
de adhesión a las condiciones impuestas de religiosidad y
moralidad, al nivel de sumisión, etc.
Según Bixio: "Esta reclasificación fue un efecto y una
posibilidad del otorgamiento de indios y pueblos en encomienda,
de las transmigraciones y de las recomposiciones étnicas, fue el
instrumento de estos procesos pues mediante la nominación se
construyen conjuntos étnicos menores que legitiman las
desagregaciones de indios para entregarlos en dote, para
transmigrarlos, para reinstalarlos, etc., procesos comunes en el
Tucumán Colonial. De esta manera, la renominalización remite a
la reconfiguración de la identidad que, a su vez, legitima
prácticas ilegales."
Las distintas documentaciones de esos años van dando cuenta de
quienes se asumían como propietarios de esas vastedades. El
historiador Juan José Biá en su libro "El pueblo de San
Agustín, recupera su historia", consigna que "en 1579, se
hizo entrega de la Merced de Toquinga a Lorenzo Martín Monforte
y en 1591, a Pedro Acosta, la de Soconcho". Toquinga era una
amplia zona hacia el norte-noroeste de la actual San Agustín
mientras que Soconcho se extendía hacia el sur. A partir de ésta
y dirigiéndonos al oeste nos encontramos con la merced de
Malmarquén (actual Calmayo) y luego la merced de Pococha
Campichira que cubría la zona que hoy conocemos como El Parador
de la Montańa.
Hacia 1720 los jesuítas se afirman en la zona, imponiendo su
influencia sobre aquellos territorios, con la
Estancia de San Ignacio
de los Ejercicios. A sus actividades usuales se le suma, en
este caso, la minería ya que explotan vetas de oro, hierro y
cobre en la zona de Malmarquén, así como cal más al norte en
vecindades de Boca del Río. La historia de estas minas convive
con el nacimiento de Calmayo, por lo tanto, reservamos esta
temática para que sea tratada en el espacio específico que se
dedicará a dicha comunidad y su iglesia.
Es muy probable que el cruce de rutas del camino que recorría
Córdoba de norte a sur con el que se dio en llamar "Carril de
los Chilenos" (atravesaba, por entonces y hoy en día, las
Sierras Chicas uniendo las actuales San Agustín con Villa
General Belgrano para luego continuar con rumbo a Chile)
significara el comienzo de asentamientos y postas
imprescindibles para proveer de servicios básicos a los
viajantes.
Esos primigenios grupos mínimos poblacionales fueron los
responsables de la construcción de la primera capilla en la zona
de Boca del Río. Existen documentos históricos que dan cuenta de
oficios realizados en la misma datados en 1762. Al respecto, el
historiador Biá expresa en su libro lo siguiente: "De ésta,
lamentablemente no quedó más que el testimonio de sus libros
donde se registra el nacimiento de una esclava de nombre
Tomasina propiedad de Don Manuel Díaz de La Torre el día 13 de
abril de 1762 y en el Libro de Matrimonios se registra el
casamiento de Don Juan Ascencio Acuña con Doña Petrona Basualdo,
acto llevado a cabo por el Doctor Cura y Vicario José Noriega
del Curato de Calamuchita en ese momento".
El Curato de Calamuchita, aquí mencionado, se había oficializado
en 1750 luego de sucesivas particiones de aquel primer Curato de
los Dos Ríos instaurado un siglo y medio antes. Este nuevo
Curato, además de la Capilla de Boca de Río (que ya llevaba el
nombre de San Agustín según consta en testimonios de oficios de
finales del siglo XVIII), comprendía a
San Ignacio de los
Ejercicios, Nuestra Señora del Rosario de Soconcho,
Santa Rosa de
Calamuchita,
Inmaculada Concepción de Los Reartes,
San Antonio de El Cano,
entre otras.
Juán José Bía consigna en su libro que: "... en 1775, a raíz de
una mensura en la Estancia de Soconcho, propiedad de Roque
Baigorrí, hay noticias que el paraje Boca del Río era propiedad
de Melchor Sánchez quien la había comprado al Monasterio de Las
Catalinas".
Los siguientes años involucran la lenta radicación de numerosas
familias que le van dando fisonomía a la naciente comunidad.
A mediados del siglo XIX se produce el hecho significativo del
inicio de la construcción de la actual iglesia. En 1868 comienza
la ejecución de la obra y dos años después, el 10 de febrero de
1870, el Presbítero Adolfo Villafañe dona un terreno en
proximidades de la misma con el objeto de favorecer la
radicación de vecinos en torno al naciente nuevo templo.
La respectiva acta expresa en lo sustancial lo siguiente: "...
el Sr. Presbítero Don Adolfo Villafañe Cura del Departamento de
Calamuchita actualmente en esta Señoría ... movido solamente por
el deseo que la Iglesia de Boca del Río tuviera alguna propiedad
o que con ella se hiciera de recursos para el mantenimiento y
conservación del culto católico de una manera conveniente y
decente, había resuelto donar ... un terreno de su propiedad
ubicado en el paraje dicho y como a unas ocho cuadras más o
menos al Poniente del Arroyo ... dicho terreno consta de tres
cuadras y media de Sud a Norte por cuatro de Naciente a Poniente
... expresando el donante que el objeto de esta donación era que
la Iglesia mencionada tuviera terreno para los lugares piadosos
que son indispensables como pertil y campo santo ... y a más
para que el patrono pudiera dar o vender lo que sobrase para
edificios y otros fines necesarios, siempre que todo ello
redunde en beneficio del culto."
De resultas de esta donación será el Obispo de Córdoba, Fray
Reginaldo Soto quien fijará, documento mediante, el destino a
darle a dichos terrenos con la administración y tutela de una
Comisión Sindical creada a tal fin la que es integrada por
Salomón Sánchez, Serapio Torres y Tristán Echenique con la
presidencia del Párroco de Santa Rosa de Calamuchita.
El acta respectiva autoriza a dicha Comisión a que "... formen
lotes que puedan venderse a precios equitativos con lo cual se
dará impulso a la población y a la Iglesia de San Agustín";
para, a continuación, autorizar a "... vender, permutar,
otorgar escrituras judiciales, transar y practicar cualesquiera
otros actos."
En la práctica, con este acto, se da carácter fundacional a lo que
será la comunidad de San Agustín, nombre asumido en 1900 en
reemplazo definitivo de aquel legendario e histórico de Boca del
Río y los muy efímeros de El Bajo y La Villa (se utilizaron tan
solo por poco más de una década).
La obra de construcción de la Iglesia demoró poco más de una
década y media. Si bien su inauguración formal fue en 1885, dos
años antes ya se oficiaban misas en una de sus alas. Hacia fines
del siglo XIX ya lucía finalizada incluso con su primera Casa
Parroquial (apreciable en la siguiente fotografía) la que fue
demolida en el transcurso del siglo XX.
El historiador Biá en su libro no logra fijar certezas ni aportar
documentación válida que acrediten como cierta la versión que el
constructor Samuel Sánchez (responsable de la edificación de
San José de Amboy) sea el
artífice de la obra de San Agustín. Independientemente de las
dudas históricas es justo reconocer las similitudes
arquitectónicas de ambas iglesias.
San José (Amboy)
San Agustín (San Agustín)
La visión a la distancia se expone con cierta falta de armonía ya
que, de modo notorio, la altura prevalece considerablemente
sobre el ancho. Con seguridad, la respuesta no es otra que la de
buscar la proximidad de las campanas con el cielo.
De todos modos, desde lejos es desde donde mejor se puede apreciar
la obra ya que, luego de sortear la baja pared perimetral a
través de su puerta de reja y ubicarnos en su patio, por la
escasa distancia al ingreso del edificio, la observación en
perspectiva vertical se torna por demás dificultosa.
En la centralidad exacta del conjunto resalta la imagen de San
Agustín en el vitraux de la ventana coral coronada con dos arcos
continuos de medio punto. Esta obra fue incorporada en 1999.
Elevando la vista se aprecia un frontis triangular que, con una
cruz de hierro resaltando en su cúspide y una ventana tetrafolio
en su centro, se ocupa de enlazar los dos campanarios que, con
diseño cúbico y cuatro ventanas de arco de medio punto, cobran
altura hasta completarse con cupulines de base octogonal. Ambas
estructuras también cuentan con coronamiento de cruces de
hierro. Las campanas de bronce, según datos del historiador Biá,
fueron donadas en 1900 por Ciriaco Sánchez para reemplazar otras
preexistentes de menor tamaño.
El acceso al campanario se efectúa por una escalera
externa que, al no estar revocada, brinda un detalle
acabado de la técnica de construcción tanto de paredes
como del abobedamiento.
El ingreso a la iglesia consta de tres arcos de medio
punto siendo el del centro de mayor amplitud que los dos
laterales. Una vez sorteados los mismos se accede a un
atrio donde una única puerta de dos hojas de madera
permite el paso al interior del templo.
La profundidad y estética decorativa de la nave central
impone que la vista se concentre no tan solo en el
altar mayor sino en lo delicado y colorido del diseño
del conjunto de paredes y abobedados. La obra pictórica
corresponde al escultor Horacio Suárez Ceil y fue
realizada en 1947. La restauración de los frescos se
efectuaron a fines del siglo XX y corresponden a la
tarea del artista restaurador riotercense Walter Torres.
San Agustín
El altar es de madera finamente trabajada. Al centro, en
la privilegiada hornacina superior, se ubica San Agustín
en su imagen obispal. El mismo se encuentra flanqueado a
derecha e izquierda por la Purísima y San José con el
Niño. Al medio del púlpito un Cristo crucificado y al
pie del mismo un Cristo yacente.
Otras valiosas obras decoran el conjunto general del
templo: una imagen de la Virgen de La Salette, una
Dolorosa con particular corona de plata, un San Roque,
etc.
Datos complementarios:
Fiesta Patronal.
Las fiestas patronales se festejan el 28 de agosto.
Coordenadas.
Latitud: 31º 58’ 40,82"
S
Longitud: 64º 22’ 34,81"
O
Altura sobre nivel de mar: 548 msnm
Fuentes de consulta:
JUAN JOSE BIA - "El pueblo de San Agustín recupera su
historia ..." - Imprenta Corintios 13 - 2005
"Historia de pasión" -
Nota de Página 12
(03/02/2013) a propósito del
lanzamiento del libro "Historia y pasión. La voluntad de
pensarlo todo" de José Pablo Feinmann y Horacio González
editado por Editorial Planeta - 2013.
Beatriz Bixio - "Figuras étnicas coloniales (Córdoba del
Tucumán. Siglos XVI y XVII)".