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Diego de Rojas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Purísima

 

San José y el Niño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SAN AGUSTIN

 

Historia murmurada por las aguas de un río a un oído atento:

Hubo un día en que los colores se hicieron grises.  Infinitas gamas de grises donde, incluso, el gris mismo se negaba a ser color.

El rojo se hizo gris; el verde, el azul y hasta el blanco se volvieron grises. Los pájaros, los árboles y los peces, nadie escapó al extraño suceso. Algunos grises eran intensos, casi negros. Otros, débiles, fríos. Las distintas tonalidades de gris, sin embargo, encontraban un punto donde confluir, era el gris exacto donde el latido se hace ausencia, donde un grito estremecedor y gutular presagia la muerte.

Todo ocurrió aquel día en que lo vieron cruzar el río por tan solo un instante. Fue el justo e ínfimo tiempo para que el miedo se volviese carne en sus cuerpos.

¿Qué sería aquello? Tan erguido, tan alto, tan capaz de moverse en el aire y brillar con luz propia que, como el sol, enceguecía con solo mirarlo. ¿Qué sería? Tan misterioso e imposible de ser quitado del pensamiento. 

El tiempo pasó y los sucesos de aquel día se interpretaron en la comunidad como un sueño, como una mala pesadilla. Trataron de olvidar; aunque algo se ocupaba de recordárselo: todo seguía siendo gris. Oscuros y claros, pero siempre grises. 

Fue otro el día en que llegaron más y más. Tan iguales a aquel primero aunque ya no tan brillantes; por el contrario, eran opacos que gritaban, herían, violaban, esclavizaban y mataban. Algunos, los menos, portaban dos palos cruzados. De ellos, aprendieron a saber que detrás de esos dos palos se escondía un dios distinto a los propios; un dios muerto por mano de hombre. ¿Qué clase de dios puede ser muerto por hombres? ¿Cómo podría este frágil dios triunfar sobre sus dioses todopoderosos que ningún humano podría, jamás, ni siquiera herir? 

La presencia de los grises eran una señal clara que sí podría. Muerte y oscuridad era la respuesta. 

Día tras día, se los veía entrar y salir de una pequeña construcción de barro y paja que, ubicada a la vera del río, exponía sus dos palos cruzados en lo alto de la techumbre. Se los veía hincados de rodillas, se los oía murmurar y a veces cantar. 

Al salir, azotaban sin dejar de hablar, más y más, de su dios.

Años pasaron, décadas, siglos; todo aquello se cubrió de gris polvo de pasado. Algún viajero supo sortear aquel río en el mismo sitio donde alguna vez estuvo la choza de barro y paja con los dos palos cruzados y donde alguna otra vez vivieron aquellos que aseguraban que, en el lugar, supo haber colores.

El gris viajero, rodeado de grises, pensó que todo debía ser una leyenda que hablaba de azules, rojos, verdes y naranjas. ¿Qué burda fantasía sería todo aquello si nunca nadie daba fe de haber visto algo distinto al gris?

Sin embargo, hubo un día en que toda aquella sangre que habían hecho manar por los ríos se encontró con la mano de uno de aquellos dioses todopoderosos que ningún humano podría, jamás, ni siquiera herir y se fundieron en un abrazo, se estrecharon en un grito de libertad, en un estallido de colores intensos. Hubo un día en que éso ocurrió y todo se volvió azul, verde, naranja, amarillo, blanco.

Hubo un día que, por fin, todo volvió a ser vida.

 

Boca del Río:

Cuan distinto a los ojos es, hoy, la "Boca del Río". Cuan distante de aquellas historias resulta la imagen actual de ese recodo serrano donde un moderno balneario convoca al esparcimiento de las nuevas generaciones. En ese ambiente distendido, por desconocimiento o desinterés del visitante, los restos arqueológicos que los rodean se tornan invisibles.

 

Poco, casi nada, queda de aquellas sociedades nativas sometidas a la destrucción física, cultural e histórica por una "civilización" que, motivada tan solo por la ambiciosa búsqueda de riquezas, se sustentaba en la fuerza de la espada y el discurso justificador de la cruz.

De las conversaciones entre José Pablo Feinmann y Horacio González que dieron contenido al libro "Historia y pasión. La voluntad de pensarlo todo" extraemos una reflexión del Director de la Biblioteca Nacional que, si bien conducen a hechos contemporáneos, pueden ser cabalmente aplicables a aquellos años de conquista y su contexto de modo que nos ayuden a comprender las inevitables consecuencias ante el violento encuentro de dos culturas profundamente diferentes. Dice González: "Lo que Marx considera al analizar el concepto de fetichismo en "El fetichismo como mercancía" acerca de la religión es que ésta es abstracta como la mercancía; por lo tanto, es posible devocionar a Dios y a los hombres en abstracto y es posible matar a los hombres en concreto en nombre del hombre abstracto".

El conflicto a discutir e intentar resolver es el secularmente debatido dilema donde un Dios omnipotente se evidencia, cuanto menos, contradictorio con sus propios principios permitiendo todo tipo de violencias terrenales. La visión de la condición abstracta de ambos, cielo y tierra, es un camino válido a recorrer frente a un interrogante que hasta el mismo San Agustín supo plantearse.

"¿Quién me ha hecho así?

¿No me ha hecho mi Dios, que no solo es bueno sino la bondad misma?

¿Pues de dónde me ha venido a mi el querer el mal y no querer el bien?

¿Quién puso esta voluntad dentro de mi? Y si la puso el diablo, ¿quién hizo al diablo?

¿Dónde está el mal? ¿De dónde viene y por qué se ha colado en el mundo?

¿Cuál es su raíz y su semilla? ¿De dónde viene, pues, el mal si Dios hizo todas las cosas y siendo bueno las hizo buenas?

El Creador como su creación son buenas; entonces, ¿de dónde procede el mal?

¿Es, acaso, que era mala la materia de donde sacó el universo?

¿Y por qué ésto? ¿Acaso Dios no tenía poder para transformarla y cambiarla de todo modo que no quedase de ella rastro del mal? ¿No es acaso omnipotente?"

Libro VII, cap. III y V

En la zona que nos ocupa aquí, muchos siglos antes de los cavilaciones de San Agustín y de la existencia del mismo Jesucristo, habitaron los Ayampitín.

A mediados del siglo XX, gracias a los estudios de Alberto Rex González basados en la metodología de la excavación estratigráfica y las mediciones con carbono radiactivo, se confirma que estas comunidades son propias del precerámico en un período estimable entre los 5000 y 8000 años antes de Cristo.

La presencia de estas sociedades desperdigadas en familias se extendió sobre una vasta superficie que involucró desde la zona de Cerro Colorado hasta Alpa Corral de la actual Córdoba así como importantes territorios en el norte y noreste de San Luis. Se los asocia con un estilo de vida nómade, cazadores y recolectores de semillas, refugiándose durante su derrotero bajo aleros rocosos o cuevas.

Hacia el siglo VI de nuestra era y a lo largo de unos 500 años, aquella civilización comienza a ser conquistada o absorbida por una nueva comunidad que migraba hacia estos territorios de norte a sur.

Nos encontramos con los Sanavirones que ocuparon Santiago del Estero hasta el límite norte de la actual Córdoba y los Comechingones divididos por su lengua en dos grandes grupos: Henia (en tierras de la actual Córdoba) y Camiare (en tierras de la actual San Luis). Estos idiomas se han perdido totalmente ya que, con el ingreso de los españoles se lo sustituyó por un híbrido de quechua y español. En este sentido el sacerdote jesuíta Alonso de Barzana, hacia fines del siglo XVI, describe que los naturales "... han aprendido la lengua del Cuzco, como todos los indios que sirven a Santiago y a San Miguel, Córdoba, y Salta y por medio de esta lengua que todos aprendimos casi todos antes de venir a estas tierras, se ha hecho todo el fruto en bautismos, confesiones, sermones de doctrina cristiana que se ha hecho y hace en todas las ciudades desta provincia”.

En lo que concierne a las tierras de Calamuchita la comunidad Henia que ocupaba sus valles y serranías era conocida como Macaclita.

Pequeños núcleos familiares cohabitaban en amplias casas semi enterradas con techumbres de barro y paja. Cada grupo familiar se mantenían separados entre sí por distancias que oscilaban la legua a legua y media.

Eran altos; los hombres eran barbados; su indumentaria incluía lana, cuero, caracoles y cobre para la ornamentación; conocían la cerámica aunque sus trabajos eran de diseño muy simple decorados con guardas geométricas monocromáticas; sedentarios arraigados en zonas vecinas a ríos y arroyos; procuraban sus alimentos a partir de la cría de animales, la caza (usaban arco y flechas de punta triangular, boleadoras y lanzas), la recolección de semillas y una siembra variada (en este aspecto Gerónimo Luis de Cabrera los describió como "grandes labradores que en ningún cabo hay agua o tierra bañada que no la siembren"); no consumían alcohol; solían ser belicosos con otras familias vecinas si se intuía que éstas ponían en riesgo la privacidad demarcada para cada casa (los límites se definían con espinillos o tunas); practicaban rituales que incluían alucinógenos donde la luna y el sol eran centrales en sus ceremonias; asumían que la vida se prolongaba más allá de la muerte con lo cual acompañaban los restos sepultados de los fallecidos con vasijas de cerámica, armas de caza, alimentos y ornamentaciones.

Esta es la población con la que, hacia fines mediados del siglo XVI, se encontraron los españoles en su avanzada sobre la actual provincia de Córdoba.

Francisco de Mendoza, quien reemplazó a Diego de Rojas muerto por los indios, recorrió de norte a sur el territorio cordobés hacia 1546.

En 1551, Francisco de Villagra transitará esas tierras buscando una ruta confiable que uniese el Alto Perú con Chile. En 1554 será Francisco Aguirre quien se aventure por estas comarcas, copiando el itinerario de Francisco de Mendoza.

Hacia 1573, otro español en tomar contacto con estas comunidades ha sido Francisco César (miembro de la expedición de Sebastián Gaboto al Río de la Plata) que a pie, junto con un grupo que ascendía a poco más de una docena de hombres, partió del recién fundado Fuerte de Sancti Spiritus sobre el Paraná en dirección noroeste acompañando el Río Carcaraña y posteriormente el Ctalamochita (Río Tercero). De este viaje y del relato de los seis sobrevivientes que regresaron tres meses después nace el mito del descubrimiento de una ciudad que, bajo la conducción del Cacique Comechingon Yungulo, estaba colmada de riquezas en oro y plata. La misma se dio en llamar Ciudad de César en clara asociación al apellido del aventurero. Lo incierto de la ubicación de la misma hizo que nunca se pudiese hallar aún cuando numerosos fueron los expedicionarios que intentaron su búsqueda dejando incluso la vida.

En el mismo año de 1573, Gerónimo Luis de Cabrera funda Córdoba y envía a Lorenzo Suárez de Figueroa a recorrer los territorios hacia el sur de la nueva ciudad relevando la zona hasta los límites actuales de la provincia.

Este período es identificable como el comienzo de la distribución de tierras en carácter de mercedes a los distintos expedicionarios que acompañaron a Gerómino Luis de Cabrera. En comunión con este proceso y en tan solo un siglo, los Comechingones quedaron desintegrados mediante la matanza de los que resistieron, el desarraigo y la consiguiente descomposición familiar, la compra de voluntades de los corrompibles y la sumisión de aquellos débiles.

El objetivo final fue la enajenación de las tierras que pasaban a manos de los conquistadores en vil reparto bajo los eufemismos de "merced" o "encomienda". Para lograr la apropiación se necesitaba, tan solo, demostrar ante el Rey, quien concedía las propiedades, que los territorios estaban libres de cualquier ocupación humana; con tal fin, se procedía a concentrar a aquellos indios considerados "útiles" y/o "dóciles" en un sitio reducido ("reducción") con la excusa de evangelizarlos.

Como bien reconstruye en su trabajo de investigación la Dra. Beatriz Bixio, el proceso era acompañado por la invisibilización y pérdida de identidad de los nativos; de hecho, de ser identificados en un principio como Comechingones explicando que la palabra expresada por los naturales, según Gerónimo de Bibar, "... quiere dezir en su lengua muera, muera o matar"; pasan a ser genéricamente "yndios" diferenciándolos, tan solo, por el nombre del sitio donde se los llevaba a residir o la dependencia a un Cacique o a un Encomendero. Esta despersonalización se acompañaba con el uso de adjetivos que remitían a describir las condiciones del sujeto en lo que respecta a la mayor o menor predisposición al trabajo, al nivel de adhesión a las condiciones impuestas de religiosidad y moralidad, al nivel de sumisión, etc.

Según Bixio: "Esta reclasificación fue un efecto y una posibilidad del otorgamiento de indios y pueblos en encomienda, de las transmigraciones y de las recomposiciones étnicas, fue el instrumento de estos procesos pues mediante la nominación se construyen conjuntos étnicos menores que legitiman las desagregaciones de indios para entregarlos en dote, para transmigrarlos, para reinstalarlos, etc., procesos comunes en el Tucumán Colonial. De esta manera, la renominalización remite a la reconfiguración de la identidad que, a su vez, legitima prácticas ilegales."

Las distintas documentaciones de esos años van dando cuenta de quienes se asumían como propietarios de esas vastedades. El historiador Juan José Biá en su libro "El pueblo de San Agustín, recupera su historia", consigna que "en 1579, se hizo entrega de la Merced de Toquinga a Lorenzo Martín Monforte y en 1591, a Pedro Acosta, la de Soconcho". Toquinga era una amplia zona hacia el norte-noroeste de la actual San Agustín mientras que Soconcho se extendía hacia el sur. A partir de ésta y dirigiéndonos al oeste nos encontramos con la merced de Malmarquén (actual Calmayo) y luego la merced de Pococha Campichira que cubría la zona que hoy conocemos como El Parador de la Montańa.

Hacia 1720 los jesuítas se afirman en la zona, imponiendo su influencia sobre aquellos territorios, con la Estancia de San Ignacio de los Ejercicios. A sus actividades usuales se le suma, en este caso, la minería ya que explotan vetas de oro, hierro y cobre en la zona de Malmarquén, así como cal más al norte en vecindades de Boca del Río. La historia de estas minas convive con el nacimiento de Calmayo, por lo tanto, reservamos esta temática para que sea tratada en el espacio específico que se dedicará a dicha comunidad y su iglesia. 

Es muy probable que el cruce de rutas del camino que recorría Córdoba de norte a sur con el que se dio en llamar "Carril de los Chilenos" (atravesaba, por entonces y hoy en día, las Sierras Chicas uniendo las actuales San Agustín con Villa General Belgrano para luego continuar con rumbo a Chile) significara el comienzo de asentamientos y postas imprescindibles para proveer de servicios básicos a los viajantes.

Esos primigenios grupos mínimos poblacionales fueron los responsables de la construcción de la primera capilla en la zona de Boca del Río. Existen documentos históricos que dan cuenta de oficios realizados en la misma datados en 1762. Al respecto, el historiador Biá expresa en su libro lo siguiente: "De ésta, lamentablemente no quedó más que el testimonio de sus libros donde se registra el nacimiento de una esclava de nombre Tomasina propiedad de Don Manuel Díaz de La Torre el día 13 de abril de 1762 y en el Libro de Matrimonios se registra el casamiento de Don Juan Ascencio Acuña con Doña Petrona Basualdo, acto llevado a cabo por el Doctor Cura y Vicario José Noriega del Curato de Calamuchita en ese momento".

El Curato de Calamuchita, aquí mencionado, se había oficializado en 1750 luego de sucesivas particiones de aquel primer Curato de los Dos Ríos instaurado un siglo y medio antes. Este nuevo Curato, además de la Capilla de Boca de Río (que ya llevaba el nombre de San Agustín según consta en testimonios de oficios de finales del siglo XVIII), comprendía a San Ignacio de los Ejercicios, Nuestra Señora del Rosario de Soconcho, Santa Rosa de Calamuchita, Inmaculada Concepción de Los Reartes, San Antonio de El Cano, entre otras.

Juán José Bía consigna en su libro que: "... en 1775, a raíz de una mensura en la Estancia de Soconcho, propiedad de Roque Baigorrí, hay noticias que el paraje Boca del Río era propiedad de Melchor Sánchez quien la había comprado al Monasterio de Las Catalinas".

Los siguientes años involucran la lenta radicación de numerosas familias que le van dando fisonomía a la naciente comunidad.

A mediados del siglo XIX se produce el hecho significativo del inicio de la construcción de la actual iglesia. En 1868 comienza la ejecución de la obra y dos años después, el 10 de febrero de 1870, el Presbítero Adolfo Villafañe dona un terreno en proximidades de la misma con el objeto de favorecer la radicación de vecinos en torno al naciente nuevo templo.

La respectiva acta expresa en lo sustancial lo siguiente: "... el Sr. Presbítero Don Adolfo Villafañe Cura del Departamento de Calamuchita actualmente en esta Señoría ... movido solamente por el deseo que la Iglesia de Boca del Río tuviera alguna propiedad o que con ella se hiciera de recursos para el mantenimiento y conservación del culto católico de una manera conveniente y decente, había resuelto donar ... un terreno de su propiedad ubicado en el paraje dicho y como a unas ocho cuadras más o menos al Poniente del Arroyo ... dicho terreno consta de tres cuadras y media de Sud a Norte por cuatro de Naciente a Poniente ... expresando el donante que el objeto de esta donación era que la Iglesia mencionada tuviera terreno para los lugares piadosos que son indispensables como pertil y campo santo ... y a más para que el patrono pudiera dar o vender lo que sobrase para edificios y otros fines necesarios, siempre que todo ello redunde en beneficio del culto."

De resultas de esta donación será el Obispo de Córdoba, Fray Reginaldo Soto quien fijará, documento mediante, el destino a darle a dichos terrenos con la administración y tutela de una Comisión Sindical creada a tal fin la que es integrada por Salomón Sánchez, Serapio Torres y Tristán Echenique con la presidencia del Párroco de Santa Rosa de Calamuchita.

El acta respectiva autoriza a dicha Comisión a que "... formen lotes que puedan venderse a precios equitativos con lo cual se dará impulso a la población y a la Iglesia de San Agustín"; para, a continuación, autorizar a "... vender, permutar, otorgar escrituras judiciales, transar y practicar cualesquiera otros actos."

En la práctica, con este acto, se da carácter fundacional a lo que será la comunidad de San Agustín, nombre asumido en 1900 en reemplazo definitivo de aquel legendario e histórico de Boca del Río y los muy efímeros de El Bajo y La Villa (se utilizaron tan solo por poco más de una década).

La obra de construcción de la Iglesia demoró poco más de una década y media. Si bien su inauguración formal fue en 1885, dos años antes ya se oficiaban misas en una de sus alas. Hacia fines del siglo XIX ya lucía finalizada incluso con su primera Casa Parroquial (apreciable en la siguiente fotografía) la que fue demolida en el transcurso del siglo XX.

El historiador Biá en su libro no logra fijar certezas ni aportar documentación válida que acrediten como cierta la versión que el constructor Samuel Sánchez (responsable de la edificación de San José de Amboy) sea el artífice de la obra de San Agustín. Independientemente de las dudas históricas es justo reconocer las similitudes arquitectónicas de ambas iglesias.

San José (Amboy)

San Agustín (San Agustín)

 

La visión a la distancia se expone con cierta falta de armonía ya que, de modo notorio, la altura prevalece considerablemente sobre el ancho. Con seguridad, la respuesta no es otra que la de buscar la proximidad de las campanas con el cielo.

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De todos modos, desde lejos es desde donde mejor se puede apreciar la obra ya que, luego de sortear la baja pared perimetral a través de su puerta de reja y ubicarnos en su patio, por la escasa distancia al ingreso del edificio, la observación en perspectiva vertical se torna por demás dificultosa.

En la centralidad exacta del conjunto resalta la imagen de San Agustín en el vitraux de la ventana coral coronada con dos arcos continuos de medio punto. Esta obra fue incorporada en 1999.

Elevando la vista se aprecia un frontis triangular que, con una cruz de hierro resaltando en su cúspide y una ventana tetrafolio en su centro, se ocupa de enlazar los dos campanarios que, con diseño cúbico y cuatro ventanas de arco de medio punto, cobran altura hasta completarse con cupulines de base octogonal. Ambas estructuras también cuentan con coronamiento de cruces de hierro. Las campanas de bronce, según datos del historiador Biá, fueron donadas en 1900 por Ciriaco Sánchez para reemplazar otras preexistentes de menor tamaño.

El acceso al campanario se efectúa por una escalera externa que, al no estar revocada, brinda un detalle acabado de la técnica de construcción tanto de paredes como del abobedamiento.

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El ingreso a la iglesia consta de tres arcos de medio punto siendo el del centro de mayor amplitud que los dos laterales. Una vez sorteados los mismos se accede a un atrio donde una única puerta de dos hojas de madera permite el paso al interior del templo.

La profundidad y estética decorativa de la nave central impone que la vista se concentre no tan solo en el altar mayor sino en lo delicado y colorido del diseño del conjunto de paredes y abobedados. La obra pictórica corresponde al escultor Horacio Suárez Ceil y fue realizada en 1947. La restauración de los frescos se efectuaron a fines del siglo XX y corresponden a la tarea del artista restaurador riotercense Walter Torres.

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El altar es de madera finamente trabajada. Al centro, en la privilegiada hornacina superior, se ubica San Agustín en su imagen obispal. El mismo se encuentra flanqueado a derecha e izquierda por la Purísima y San José con el Niño. Al medio del púlpito un Cristo crucificado y al pie del mismo un Cristo yacente.

Otras valiosas obras decoran el conjunto general del templo: una imagen de la Virgen de La Salette, una Dolorosa con particular corona de plata, un San Roque, etc.

 

 

Datos complementarios:

Las fiestas patronales se festejan el 28 de agosto.

 

 

Fuentes de consulta:

 

  • JUAN JOSE BIA - "El pueblo de San Agustín recupera su historia ..." - Imprenta Corintios 13 - 2005

  • "Historia de pasión" - Nota de Página 12 (03/02/2013) a propósito del lanzamiento del libro "Historia y pasión. La voluntad de pensarlo todo" de José Pablo Feinmann y Horacio González editado por Editorial Planeta - 2013.

  • Beatriz Bixio - "Figuras étnicas coloniales (Córdoba del Tucumán. Siglos XVI y XVII)".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sebastián Gaboto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Agustín

 

 

 

 

 

 

 

 

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