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Don Alonso de Sotomayor y Valmediano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

 

Buscando la Ciudad de los Césares (*)

El sol, cansino, se mecía sobre la horqueta de un solitario y maltrecho viejo roble. Sus dorados rayos pendían desordenados e indolentes cual cintas que vaya a saber quien se había tomado el trabajo de atar. Displicente y aburrido, no encontró nada poético que vinculase las cintas amarillas con esos lazos que las sujetaban al moribundo madero. Reflexionó en que nunca había sido bueno para esos menesteres; se tranquilizó cuando, convencido, concluyó que la inmensa mayoría tampoco había sido mejor que él en el dominio de esas artes. Quizás en el futuro, ¿cómo saberlo?.

Mientras vagaba en estos pensamientos, se le dio por entreabrir apenas sus ojos y vio a los desconocidos acercarse. No tenían nada igual a lo que, en aquellos sus vastos territorios, había visto a lo largo de su extensa vida de más de cientos de miles de años. No se sentía un anciano; sin embargo, debía reconocer que algunas cosas ya no le funcionaban como antes. Cerró el dilema con una pregunta: ¿serán mis recientes dificultades oculares o tal vez mi deteriorada y vieja memoria las que han borrado estos particulares y atípicos bípedos hasta convertirlos, para mi cerebro, en formas inexistentes?

Así entrazados, solo registraba algunos parecidos, quizás similares; pero, definitivamente, ninguno igual.

Sin cerrar sus desenfocados ojos, privilegió escuchar; por fortuna, sus oídos mantenían su agudeza. Alcanzó a oir que hablaban de "oro"; más precisamente, decían: "es oro". Se preguntó, "¿qué sería el oro"?.

La situación era absurda, de modo grotesco las figuras comenzaron a saltar, a trepar unos sobre otros para cobrar más altura, estiraban largos miembros intentando asir algo que estaba más allá que el aire. Seguían gritando, transpiraban, se empujaban, disputaban la propiedad de ese "oro".

El astro rey tuvo que hacer un esfuerzo por no reir aún cuando la situación mutaba de estúpida a preocupante.

Superaban la torpeza con precario ingenio; usando toscos métodos, intentaban trepar por el viejo leño; finalmente, cuando ya estaban muy cerca suyo, logró comprender que lo que buscaban era atrapar esas amarillas cintas que no eran otra cosa que sus propios rayos.

El sol les gritó: "no se a lo que llaman oro, lo que están tratando de tomar es mi propio fuego y les advierto, les aseguro que se van a quemar".

No lo escucharon.

La situación terminó de un modo desagradable; en el suelo, solo quedaron cenizas.

 

(*) Pintado con los matices típicos de las leyendas, la ficción anterior juega a acompañar a las expediciones que, remontando el Río Carcarañá, se sumergieron en el desconocido interior de nuestros territorios motivadas por la ambiciosa búsqueda de oro y plata.

 

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Los lejanos tiempos de la conquista

 

Cuando, a principios de abril de 1526, Sebastián Gaboto partió del puerto español de Sanlucar de Barrameda su interés único era reproducir el viaje que Hernando de Magallanes había realizado unos pocos años antes. El motivante era el de alcanzar las Islas Molucas y regresar con los navíos colmados de oro, plata, especias de todo tipo y sedas. Los planes mutaron cuando la expedición, una vez desembarcados en las costas del sur de Brasil, se encontraron con Enrique Montes y Melchor Ramírez, dos náufragos sobrevivientes de la expedición de 1516 de Juan Díaz de Solís quien, luego de descubrir el Río de la Plata (nombre asociado a las supuestas riquezas en este metal que había en la zona), tuvo un final trágico en manos de los naturales del lugar junto a buena parte de su tripulación.

Los relatos pletóricos de riquezas incalculables llevaron al navegante a cambiar los planes comprometidos con la realeza española de Carlos V y poner rumbo al Río de la Plata para luego, remontar el actual Río Paraná.

El cosmógrafo Alonso de Santa Cruz que acompañaba a Gaboto describe que "... entran en este río [se refiere al de la Plata] muchos otros y entre ellos uno muy grande dicho Uruay el cual tiene muchas islas auque deshabitadas y pequeñas porque el río principal que los indios llaman Parana ... tiene islas mucho mayores ... algunas tienen nombres de los mayorales y de los indios que siembran en ellas".

Al ingresar al delta, en una de sus islas toman contacto con otro sobreviviente de la expedición de Solís; se trataba de Francisco del Puerto quien les relata que por haber aprendido el idioma de los naturales tenía, de ellos, la información de la existencia de fabulosos tesoros hacia el interior de los territorios.

Obligados por el hambre y las enfermedades que los acuciaban, a la altura de la confluencia del Río Carcarañá con el Coronda optan por establecerse en el lugar. Gaboto decide elegir dicho sitio por ser "... ques donde aquel Francisco del Puerto le había dicho que descendía de las sierras donde comenzaban las minas de oro y plata".

Luego de una etapa de pacífica convivencia con los naturales del lugar que incluían a guaraníes, querandíes y timbúes los que les aportaban el necesario acceso a los alimentos, se ingresó en un período donde la ambición dejaba paso a la desenfrenada impaciencia por no encontrar las riquezas de las que tanto se hablaba.

Aquellos primeros tiempos de interrelación en concordia se sustentó en el sistema conocido como "rescate". Sergio H. Latini en su trabajo "Primeros contactos e interacción en las costas del plata a principios del siglo XVI" explica que éste era una "... práctica habitual durante todo el período colonial, en la cual los españoles intercambiaban productos con los indígenas. En el período que estamos estudiando, solían ser elementos de hierro como anzuelos o cuchillos de parte de la población hispana a cambio de alimentos que les daban los indios; luego, con el paso del tiempo, los productos intercambiados se fueron diversificando. Los utensilios de hierro fueron rápidamente adoptados por las poblaciones indígenas, ya que posibilitaban mejorar el armamento, facilitaban el laboreo del cuero y la madera y mejoraban la práctica de la agricultura por los grupos horticultores tropicales, al ahorrar tiempo y esfuerzo en el desmonte y sembrado de las tierras".

Con el objetivo de almacenar las riquezas en caso de hallarse, Gaboto decidió la construcción de una fortaleza a la que se denominó Sancti Spiritus. De la misma, sin contar con suficiente documentación esclarecedora, se la intuye cuadrada con foso y terraplenes en las esquinas a modo de baluartes con un necesario armamento defensivo y una estructura interior basada en adobe y paja. La obra se realiza con la ayuda de los indios caracarás que habitaban sobre las márgenes del río que desembocaba sobre el actual Paraná y que, por asociación con la comunidad natural, se le asigna el nombre de Carcarañá. En la confluencia de ambos ríos el fuerte cobra forma concluyéndose en 1527. El deterioro de las relaciones con los aborígenes y la llegada de nuevos expedicionarios con los mismos ambiciosos fines de los precedentes provocaron todo tipo de agresiones y matanzas recíprocas que terminaron años después, en 1529, con el incendio y saqueo del fuerte con el consiguiente desbande y huida de los pocos sobrevivientes.

A lo largo de los dos años de estancia en el lugar, numerosas fueron las expediciones enviadas a la búsqueda de la quimera de la plata y todo tipo de riquezas.

Eduardo Apolinaire y Laura Bastourre en su trabajo de investigación "Los documentos históricos de los primeros momentos de la conquista del Río de la Plata (Siglos XVI y XVII: una síntesis etnohistórica comparativa" dan cuenta del interrogatorio que realiza Sebastián Gaboto a varios testigos luego de la destrucción del fuerte y previa a su retorno a Sevilla; de resultas de los mismos se extrae que “... tuvimos relación de muchos indios .… que en la tierra donde estábamos había mucho metal de oro é plata é vimos algunas muestras della é decían los indios que dicho metal estaba en una sierra que podía estar del pueblo de Santi Spiritus ocho ó diez jornadas”.

El geógrafo alemán Hans Steffen vuelca en su trabajo de investigación que Gaboto aseguraba que los indios querandíes les habían informando que "... los yacimientos de oro y plata se encontraban la tierra adentro a setenta u ochenta leguas de donde ficieron la casa [se refiere a la distancia a partir del fuerte Sancti Spiritus]".

Antonio Serrano en su "Esbozo para una Historia del Descubrimiento y Conquista de Córdoba" se referencia en Pedro Lozano cuando consigna que los timbúes del Paraná le informaban a los españoles sobre un ciudad que, ubicada al suroeste, estaba colmada de oro y plata y que era "... una nación no muy distante, cuya habitación era muy diferente de las que usan otras gentes, pues vivían debajo de la tierra, como fieras [hábitat típico de los comechingones]".

 

Aníbal Montes en su trabajo "Fantasía y realidad en la Leyenda de los Césares" da cuenta de lo siguiente: "Acababa de fundar Sebastián Gaboto la fortaleza Sancti Spiritus en la desembocadura del Río Carcarañá, cuando despachó la comisión exploradora que, al mando del Capitán Francisco César [designado "gentilhombre" por Gaboto], remontó dicho Río Carcarañá hacia el interior del territorio argentino, cruzó las sierras de Córdoba y fue a pedir hospitalidad al poderoso cacique Jungulo en las sierras llamadas de San Luis y entonces Pina Camche, o sea, Sierras del Poniente. El autor define que, en 1529, este pequeño grupo de expedicionarios se convirtieron en "... los primeros españoles que se internaron en territorio argentino". Según las conclusiones de Montes será "... en los dominios de aquellos pacíficos agricultores Sauletas y en el pueblo de Malancha, desde donde el Gran Curaca Jungulo gobernaba numerosos pueblos, vivieron estos españoles algún tiempo y se enteraron, más al norte, del gran Imperio de los Incas y de sus fabulosas riquezas".

Sebastián Gaboto

 

De los quince hombres que partieron al mando del Capitán César, retornaron siete algunas semanas después portando piezas de oro además de un bagaje de historias donde aseguraban haber visto ciudades colmadas de metales preciosos y datos de otras más lejanas también pletóricas de tesoros indescriptibles. Juan Valdivieso, uno de dichos expedicionarios, declara en Sevilla en 1530 que él "... de modo personal había visto las riquezas en oro, plata y piedras preciosas".

Por ser estos relatos los contados tanto por el jefe como por quienes habían acompañado al Capitán César hicieron que los mismos se unificaron como: "Historias de los Césares", para luego devenir en lo que se debía buscar, la "Ciudad de los Césares".

El Padre Pablo Lozano le da credibilidad al origen de los valiosos bienes traídos por las manos de Francisco César y sus seguidores ya que el Valle de Conlara contaba con recursos auríferos y seguramente el Cacique Jungulo sabría donde encontrarlos, como extraerlos y se podría concluir que, tal vez, tuvo la voluntad de compartirlo.

Reconstruyendo el camino transitado por la expedición es más que válido asumir que, partiendo del fuerte Sancti Spiritus, remontaron el Carcarañá para luego continuar por el Río Tercero hacia el interior de las sierras cordobesas; tras sortear éstas, ingresaron al Valle de Conlara (San Luis). Dando por cierto este derrotero, concluímos que sus pasos transitaron, con seguridad, por los territorios donde, actualmente, se levanta la ciudad de Cruz Alta.

Los relatos se expandieron velozmente diversificándose en numerosas versiones; la transmisión oral hacía que los tesoros fuesen cada vez más y más inconmensurables y que las ciudades cubiertas en oro se multiplicasen. Tantas historias así contadas adolecían de un significativo y vital faltante: la ubicación.

Es así que el mito de la Ciudad de los Césares propició su búsqueda a lo largo de un territorio que se extendía desde lo que sería la posterior Gobernación del Tucumán hasta el extremo sur continental y desde el Río de la Plata hasta la costa del Pacífico.

Las expediciones, primero como grupos pequeños y aislados y luego como proyectos de pronunciado costo tanto en número de hombres como en infraestructura operacional, intentaron lo que terminó siendo una infructuosa búsqueda.

Algunas de estas otras expediciones también transitaron las costas del Río Tercero y del Carcarañá; por ende, también fueron quienes, desde aquel siglo XVI, recorrieron los territorios de Cruz Alta; la más significativa y planificada es la que emprende el Capitán Diego de Rojas en 1543.

 

Stella Maris Molina Carlotti de Muñoz en su trabajo "Los padecimientos en la gran entrada de Diego de Rojas" describe a esta empresa, desarrollada entre 1543 y 1546, como "... una de las más dramáticas 'entradas' descubridoras de las que penetran del Alto Perú al Tucumán". En procura de la Ciudad de los Césares, tres contingentes parten de la ciudad de Cuzco con un total de unos 250 expedicionarios que, según Manuel Lizondo Borda en su "Historia del Tucumán", eran "... muy valientes y animosos, los quales fueron bien aderescadas las personas y apercebidos de muchas armas, cauallos, y gran servicio de negros, negras y muchos yndios amigos".

Diego de Rojas

Cristóbal Vaca de Castro

 

Con la autorización del Gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, el primer grupo, al mando de Diego de Rojas e integrado por unos 60 hombres, parte en mayo de 1543; tiempo después y por separado, iniciarán la marcha los otros dos grupos conducidos por Felipe Gutiérrez, segundo de Diego de Rojas y Nicolás de Heredia como Maestre de Campo. En la región de Tucman o Tucma, provincia propia del imperio incaico y habitada por los naturales juríes, se unifican los grupos de Rojas con el de Gutiérrez para luego, afianzarse en Salavina (actual Santiago del Estero). Será aquí donde, tras una de tantas escaramuzas con los aborígenes, Rojas es herido en una pierna con una flecha envenenada y muere. Rompiendo los pactos previos con Gutiérrez y Heredia, el mando lo asume Francisco de Mendoza que hace arrestar a Gutiérrez y su esposa a quienes devuelve al Cuzco y continúa la marcha hacia el sur con el refuerzo del grupo de Nicolás Heredia que lo alcanza más tarde y se le suma.

Patrick Pedulla en su trabajo "Las expediciones en busca de la Ciudad de los Césares y la expansión hispanocriolla (1543-1622)" recupera lo narrado por Rui Díaz de Guzmán dando cuenta que los expedicionarios habiendo llegado a "... los Comechingones, que son unos indios ... que viven bajo de tierra en cuevas, que apenas aparecen sus casas por afuera. Y trabando amistad con ellos, se informaron de lo que había en la tierra, y tomando relación de como a la parte del Sur había una provincia muy rica de plata y oro, a quien llamaban Yungulo, que se entiende ser la misma noticia que en el Río de la Plata llaman los Césares, tomado del nombre de quien la descubrió”.

Según Stella Maris Molina Carlotti de Muñoz en su trabajo de investigación concluye que los expedicionarios, "... llagados y sufrientes, vinieron a dar con tierra de los comechingones, donde levantarían por agosto de 1545 el real que luego se llamó de la Malaventura".

Numerosos estudios han intentado ubicar al Fuerte de Malaventura concluyéndose que es probable que sea el que se identificaba originariamente con el nombre de Fuerte de Escobasacat o Escoba Sacat.

Anibal Montes en su conferencia "Fantasía y realidad en la Leyenda de los Césares" reconstruye el camino recorrido por la expedición asegurando que luego del ingreso por el norte de la actual Córdoba corrigen el rumbo hacia el suroeste llegando hasta los territorios de la actual Panaholma "... donde le dieron noticias que Jungulo quedaba más al sur. Pero allí cruzaron la Sierra de Achala para llegar a Calamochita, desde donde costearon el río que más abajo se llama Carcarañá y así llegaron al río Paraná, desde donde regresaron".

Las disidencias entre Mendoza y Heredia concluyen con el asesinato de Mendoza y el regreso de Heredia al Cuzco con el resto de sus hombres quienes lo habían asumido como nuevo jefe.

Tras estas experiencias narradas, la presencia de los conquistadores por las costas del Tercero y el Carcarañá se volvería usual de resultas de asumirse a esta ruta como derrotero obligado entre el lejano norte y el Río de la Plata.

 

En un informe judicial de 1566 se daba cuenta que el Gobernador de Tucumán Francisco de Aguirre, luego de fundar la actual Santiago del Estero, tenía intenciones de afianzar nuevos pueblos en dirección a "las fronteras". Ese documento es recuperado por el Padre Pablo Lozano en su trabajo "Córdoba de la Nueva Andalucía" consignando "... que algunos de los tales pueblos tendrían contratación con la fortaleza de Gaboto ... señaladamente un pueblo que está visto se puede poblar en la provincia de los Comechingones, que estará a distancia de ochenta o cien leguas de la dicha mar y puerto de Buenos Aires, donde llegan los navíos desde Castilla, e de allí se puede proveer esta tierra de todo lo necesario, sin que los naturales reciban ningún trabajo, trayéndole en carreta, porque está visto el camino ser llano y aparejado para ello". De este texto, resaltamos: que ya existía algún asentamiento de los conquistadores en el trayecto de Santiago del Estero al Fuerte de Gaboto en "contratación" con la Gobernación de Tucumán y que el largo camino permitía el tránsito de carretas, vehículos que para su adecuado desplazamiento, necesitaban que las condiciones de dicha ruta sean muy aptas.

Francisco de Aguirre

 

A partir de la fundación de Córdoba de la Nueva Andalucía en 1573 y en los años siguientes un personaje ingresa en esta historia convirtiéndose en un mojón relevante en lo que será, finalmente, Cruz Alta. Se trata de Don Alonso de la Cámara.

 

Luis G. Martínez Villada en su trabajo de investigación "Don Alonso de la Cámara" se pregunta "... por qué Don Alonso tomó el apellido de la Cámara que no aparece entre sus ascendientes?" y ¿por qué, luego de un viaje a España, adopta el nombre de "... Alonso Gómez de la Cámara"; para luego, al retornar a América, lo transforma en "... Don Alonso de la Cámara?".

En relación a él, Martínez Villada consigna que: "... asiste a la fundación de Córdoba" [por acta del 17 de octubre de 1573 del cabildo de Córdoba, Don Gerónimo Luis de Cabrera lo nombra Escribano Público de Número de la ciudad]; participa "... en la exploración preparatoria de Don Lorenzo Suárez de Figueroa"; acompaña "... al fundador en la expedición al Paraná y construcción del puerto de San Luis [en zona cercana al Sancti Spiritus]"; con Antón Berrú y un reducido grupo, logra "... descubrir el camino a Chile"; con el obsesionado Gonzalo de Abreu sale, en 1579, a la búsqueda de Trapalanda o Ciudad de los Césares, empresa de la que vuelve "... tullido de un brazo del cual quedó manco".

Don Alonso viaja a España y a su regreso, una sucesión de hechos lo colocan en un lugar de referencia en la historia de Cruz Alta.

Firmas cuando era Alonso Gómez de la Cámara y luego, Don Alonso de la Cámara

 

Según reconstruye Martínez Villada en su trabajo biográfico, la designación de Don Alonso de Sotomayor y Valmediano como Gobernador de Chile y la centralidad que, como guía de éste y su comitiva, asume Alonso de la Cámara una vez retornado al Río de la Plata son definitorios para aumentar su fama de hábil orientador dentro de aquellos territorios desconocidos para los expedicionarios de la época. Tras numerosas desventuras sufridas a lo largo del camino llegaron a Córdoba donde su capacidad fue muy ponderada sumándole que, por su iniciativa, "... se trajeron desde Buenos Aires las primeras carretas, utilizándoselas con ventaja para el transporte de la artillería".

Hacia mediados de la década del '80 del siglo XVI y luego de una corta estancia en Córdoba, Don Alonso retoma su espíritu expedicionario sin descartar que esta vocación también estaba motivada por un interés extra particular ya que, según la identificación que le hacía el Cabildo de la época, además de encomendero era uno, junto con Tristán de Tejeda, de los más importantes "tratante de negros" (eufemismo de traficante de esclavos). Al respecto de este nuevo viaje encomendado por el Gobernador Juan de Burgos, Martínez Villada consigna que parte con "... catorce soldados, para descubrir el camino derecho para Buenos Aires. Llegó hasta cuarenta leguas, donde tuvieron una guasabara con los indios. Don Alonso fue herido de un flechazo en la mano y tuvo que volver a Córdoba, porque su gente era poca para afrontar el número de enemigos. Lo demás que quedaba por descubrir, lo hizo el Capitán Rodrigo Ortíz de Zárate, Teniente de Buenos Aires 'hasta que dio en el rastro y camino hasta donde había llegado el dicho Don Alonso de la Cámara y prosiguiendo su viaje llegó a esta Ciudad'".

El Presbítero Pablo Cabrera, en su obra "Tiempos y campos heroicos", consigna que a Don Alonso de la Cámara "... cúpole la gloria de marchar a la cabeza de un puñado de valientes enviados en 1585, por el Capitán Juan de Burgos ... a descubrir o abrir, a través de la Pampa, el camino real tan vivamente reclamado que estrechase ... a ambas capitales, la de la Nueva Andalucía y la del Puerto de Santa María de Buenos Aires y facilitara el tránsito de tropas de carretas, de comunicaciones postales y de pasajeros por una vía corta. A Don Alonso de la Cámara ... solo cúpole la forma de llevarla a cabo hasta la mitad del trayecto ... o a distancia de cincuenta leguas de la ciudad del Suquía ... y es que les salió al encuentro, en son de guerra, un diluvio de bárbaros ... resultando herido en una mano por una flecha enemiga, el de la Cámara, quien retornó al medio de los suyos llevando la gloriosa cicatriz ... Don Alonso dejaba vinculado su nombre en una de las estancias o dormidas de su intrépida jornada ... uno de los parajes en que hiciera escala el descubridor, caracterizado por algunas cejas o núcleos de pequeños chañares ... no tardó en verse bautizados por los pasajeros o baqueanos con la denominación de 'Islas de Cámara' tal vez porque a la sombra de los mencionados arbolillos, haríase don Alonso la cura de primera atención o porque en dicho asiento habríase verificado la refriega".

Estela R. Barbero en su libro "Cruz Alta: tres siglos de historia" suma a la identificación geográfica como "Islas de Cámara" la de "Dormida de las Islas de Cámara" atribuyendo a que Don Alonso "... buscara, bajo la sombra de los árboles, alivio a sus recientes heridas".

En 1595, el encomendero de Escoba y Regidor de Córdoba donde residía, Martín de Salvatierra inicia un viaje al puerto de Buenos Aires que, durante el regreso, termina de modo trágico con su muerte. Previamente, a fines de 1594, el viajero había dejado ya redactado su testamento hereditario a favor de sus hijos Alonso y María. El juicio sucesorio incluye una frase que, recuperada por Pablo Cabrera en "Tiempos y campos heroicos", da cuenta que Martín de Salvatierra falleció en ''... el paraje y sitio que llaman Islas de Cámara".

Tres décadas después de este suceso, de modo paradójico, será su hijo Alonso quien sufrirá igual destino en la misma zona a manos de los naturales de la Pampa. Según reconstruye Pablo Cabrera, los hechos se suscitan durante su regreso del puerto hacia el "... Valle de Quisquisacate [Córdoba de la Nueva Andalucía], trayendo pliegos y cartas de importancia del dicho puerto". En la zona de estos trágicos hechos alguien levantó una cruz evocativa que asumió el nombre de "Cruz de Salvatierra" identificándose con este nombre, también, a los territorios que, años después, serían Cruz Alta.

 

Los primeros propietarios y pobladores

 

Durante la segunda mitad del siglo XVII, Juan López Fiusa tenía, por derecho, la exclusividad de efectuar tareas de vaquería en la zona. Una documentada querella de 1662, por él presentada, dejaba constancia de su reclamo por la presencia de otros habitantes del lugar que, sin autorización, procedían a vaquear de modo ilegal. Un testigo convocado para dar testimonio sobre los hechos en litigio da cuenta que "... viniendo del Puerto de Buenos Aires, este mes de Junio, al llegar a la Dormida de las Islas de Cámara, jurisdicción que dicen ser de esta ciudad de Córdoba, vió este testigo una tropa de seis a siete carretas de un hombre que estaba vaqueando y herrando y haciendo sebo y grasa."

El Presbítero Pablo Cabrera, en su obra "Tiempos y campos heroicos" consigna que "... el 17 de abril de 1681, le fue asignada a Alonso Díaz Ferreira o Alonso Ferreira de Aguiar [quien fuese, además, propietario hereditario de la Estancia de Pampayacta, actual Pampayasta], una zona de suelo en el paraje que llaman la Cruz de Salvatierra, a sesenta leguas poco más o menos, de la ciudad del Suquía, sobre las márgenes del Río Tercero. Corrían desde la localidad enunciada y señalado por una 'esquina que hace allí el río [esta merced fue concedida por el Gobernador Antonio de Vera Muxica], e iban a lindar río abajo con los terrenos de otra merced hecha al interesado por el gobernador don José de Garro, en 6 de Junio de 1678: la cual tenía de superficie, sobre la costa misma de la arteria y a una y otra banda, dos leguas de largo y otras dos de ancho".

Estela R. Barbero en su libro "Cruz Alta: tres siglos de historia", tras su investigación, le pone límites a estas propiedades; la primera de 1678 confina "... por el norte con un monte grande que está a la vista del Arroyo de las Tortugas, por la parte del sur con la Aguada de las Mojarras [la propiedad vecina a este límite correspondía a José López Fiusa quien privilegió la explotación de su rica propiedad en Yucat] y por la parte del río, hasta donde llaman la Cabeza de Tigre". En cuanto a la segunda de 1681 la ubica "...  en el parage que llaman la Cruz de Salvatierra, sesenta leguas poco más o menos desta ciudad ... que por la parte del río abaxo hasta lindar con la merced de tierras que me hizo el Señor Gobernador don José de Garro [se refiere a la de 1678] y por la parte del río arriba hasta los Chañarcitos que están en una esquina que hace el río". Las tierras que se extendían unas dos leguas a ambas márgenes del río Carcarañá, tal como era formal hábito de la época para poder autorizar la merced, se las declaraba como despobladas y vacías, lo que no necesariamente siempre era verdad.

Alonso Díaz Ferreira o Alonso Ferreira de Aguiar opta por no habitar las tierras entregadas en merced, circunstancia muy usual entre muchos de los que, por entonces, eran beneficiarios de estos valiosos bienes; por el contrario, el 2 de noviembre de 1680, decide vender una fracción de la primera concesión recibida. El comprador será Jacinto Piñero y en el documento de dicha transacción se encuentra, según Pablo Cabrera en "Tiempos y campos heroicos", por primera vez "... el nombre histórico de Cruz Alta, con la ubicación que se le asigna hasta ahora". El terreno comprendía "... una media legua de los terrenos de la primera merced, veinte cuadras a una y otra banda del Tercero, camino de Buenos Aires por la costa".

Estela R. Barbero en su libro "Cruz Alta: tres siglos de historia", al recuperar el documento de venta de esta fracción, consigna que la misma se efectuó por la suma de "... doscientos pesos de a ocho reales de plata".

Es importante en este punto aclarar que no deberá confundirse a estos territorios de Cruz Alta con aquellos que, durante los primeros tiempos fundacionales, se identificaron como La Cruz Alta. Dichas tierras se extendían desde el Río Cuarto hasta Espinillos (actual Marcos Juárez) y correspondían a una merced asignada, hacia 1683, a Francisco Diez Gómez por el Gobernador Fernando Mendoza Mate de Luna.

En "Tiempos y campos heroicos" se puede recoger que la totalidad remanente de tierras que aún conservaba Ferreira fueron vendidas de acuerdo a la siguiente secuencia: el 12 de setiembre de 1687 son adquiridas por Juan José de León (aquí Barbero en su libro difiere consignando a Juan de Sossa como propietario intermedio lo que no anula, necesariamente, que estemos hablando de la misma persona) luego éste transfiere al Pbro. Diego Salguero y Cabrera; para, finalmente un 25 de febrero de 1690, terminen aumentando el patrimonio de Jacinto Piñero quien deberá ser asumido, al radicarse en el lugar, como el fundador de Cruz Alta.

Decíamos más arriba que las tierras se declaraban como deshabitadas y que ésto, en general, no comulgaba con la verdad; de hecho, en este caso no debería asumirse como mera coincidencia que, en ese mismo año de 1690 y por parte de misioneros jesuítas, se creara la primera Reducción de Indios Pampas en la vecina Espinillos (actual Marcos Juárez).

Estela R. Barbero en su libro "Cruz Alta: tres siglos de historia" da cuenta que las propiedades vendidas en 1690 corresponden "... al parage que llaman el Río Tercero desde el Carcarañá hasta los papagayos en el camino Real para Buenos Ayres", que son entregadas "... sin reservar cosa alguna exceptuando todos los ganados mayores y menores que ay" y que, a modo de pago, el vendedor recibe "...quatrocientas y cinquenta cauezas de bestias mulares que por ellas me ade dar Jacinto Piñero en dos plazos".

Aconsejamos remitirnos al libro de Barbero para tener una adecuada y precisa secuencia de la evolución de la familia de Piñero y de otros colonos que, de a poco, se iban sumando; dándole forma, así, a los primeros años de constitución de Cruz Alta.

 

El siglo XVIII

 

Hacia 1720, el primer fuerte erigido para brindar protección a la ruta que unía Buenos Aires con el río Tercero y Córdoba era el de Guardia de la Esquina que, junto con la Guardia del río Carcarañá, se ubicaba muy próximo a Cruz Alta en la frontera con Santa Fe. Años después, en 1726 Cruz Alta ya tiene su propio fuerte mientras que el de Esquina se reconvierte en posta para, de resultas del recrudecimiento de la peligrosidad de la zona, vuelve a ser fuerte a mediados del siglo XVIII.

Pablo Cabrera en "La tragedia de Cruz Alta" le atribuye la construcción del fuerte al Gobernador don José Matías de Angles y este acto, según la visión personal del sacerdote, lo convierte en el verdadero fundador de Cruz Alta.

Ese primigenio desarrollo no estaba libre de una turbulenta y muchas veces trágica relación con los naturales del lugar así como con las enfermedades que, de modo periódico, solían asolar los indefensos asentamientos. Las epidemias de viruela y otras pestes eran muy usuales pero se volvieron más recurrentes entre fines del siglo XVII (1694) y buena parte del siglo XVIII de resultas. además, con el auge del tráfico de esclavos africanos. Estas condiciones no hacían propicia la vida en el lugar; por el contrario, cortos períodos de cierto desarrollo eran seguidos por otros, donde los territorios se vaciaban de población que escapaban en busca de un destino mejor.

A pesar de ésto los Piñero enfrentaban las dificultades y lucían un nada menor desarrollo patrimonial. La comunidad de Cruz Alta, hacia las dos primeras décadas del siglo XVIII, ya superaba la centena.

Pablo Cabrera en "La tragedia de Cruz Alta" confirma que la población estaba devastada "... por los bárbaros cuando sus asaltos y depredaciones formidables llevadas a cabo por los mismos en aquellos vecindarios y en las regiones sud, sudeste y norte de la provincia, desde 1728 a 1745".

El ataque de 1731 y los posteriores fueron concluyentes para que la población abandonara los territorios buscando resguardo en Fraile Muerto (actual, Bell Ville), Punta del Sauce (actual, La Carlota) e incluso, en la lejana Buenos Aires.

De hecho, hay un informe de 1731 enviado al Rey por el Procurador del Cabildo de Córdoba Silvestre de Valdivieso y Arbizu donde se da cuenta que el despoblamiento de la zona es el resultado, en parte, de epidemias y en mayor y sustancial medida, por la permanente y virulenta agresión de los naturales del lugar.

Del libro "Cruz Alta, tres siglos de historia" de Estela R. Barbero podemos extraer el crudo relato de los dramáticos hechos de junio de 1734 cuando el desesperado intento de 60 milicianos comandados por el Sargento Mayor Juan Piñero, intentando detener los recurrentes ataques, concluye en una carnicería en el paraje de Acequión donde muere su jefe, la amplia mayoría de los combatientes mientras que parte de los sobrevivientes son tomados cautivos. Según la investigadora los secuestrados fueron "... llevados a las tolderías conjuntamente con quinientas vacas y seiscientos caballos".

Frente a los reiterados ataques la resistencia recaía, de modo exclusivo, en la participación de los pobladores del lugar que ponían en riesgo sus vidas y sus propios magros recursos económicos.

Por aquella tercera década del siglo XVIII, el jesuíta, etnógrafo y cartógrafo Antonio Machoni (nacido en Cerdeña en 1671 y fallecido en Córdoba del Tucumán en 1753) vuelca al papel algunos mapas producto de la experiencia acumulada a lo largo de los años durante los cuales cumplió con diversas actividades: misionar en los vastos espacios del Paraguay; sumarse a las expediciones que Esteban de Urízar y Arespacochaga, por entonces Gobernador de Tucumán entre 1707 y 1724, recorrieron los territorios del Chaco; integrarse a las comunidades autóctonas de los toconoté y los lules de las que supo aprender y difundir su lengua y finalmente, ejecutar tareas de docente y Rector del Colegio Máximo de Córdoba. En uno de esos mapas se identifica, con claridad, la presencia de Cruz Alta. Dicho documento cartográfico aparece incluído en la obra del Padre Pedro Lozano que, en 1733, se publica bajo el puntilloso título de "Descripción corográfica del terreno, ríos, árboles y animales de las dilatadísimas Provincias del Gran Chaco Gualamba y de los ritos y costumbres de las innumerables Naciones bárbaras e infieles que le habitan con una cabal relación histórica de lo que en ellas han obrado para conquistarlas algunos Gobernadores y Ministros Reales y Misioneros Jesuítas para reducirlas a la Fe del verdadero Dios".

 

 

Obsérvese lo ajustado de la identificación de los ríos Saladillo, Terzo (Tercero) y Carcarana (Carcarañá) sobre cuya costa y en proximidades de su desembocadura en el Paraná expone la población conocida como Gaboto la que corresponde a la histórica ubicación del Fuerte de Sancti Spiritus.

 

En 1741 Domingo de Basavilbaso es autorizado a regentear una Carrera de Postas que uniría Buenos Aires con Córdoba la que luego es extendida hacia el norte con destino a Tucumán, Potosí y Lima y hacia el oeste, en procura de San Luis, Mendoza y Santiago de Chile. En esta ruta queda involucrada Cruz Alta como ruta común a ambos destinos ya que en Saladillo se ubicará la bifurcación de los caminos hacia el Alto Perú y el Océano Pacífico. El trayecto entre Cruz Alta y Saladillo insumía una jornada de marcha.

 

El Franciscano Fray Pedro José de Parras en sus relatos de viaje efectuados entre 1749 y 1753 y reproducidos en "Diario y derrotero de sus viajes", asegura que hacia los últimos días de 1750 llegan al pueblo al que describen como un "... paraje antes muy poblado y en que se descubren muchos arruinados edificios, desamparados por las continuas invasiones de los indios".

A lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII se reinicia un proceso de reconstrucción del pueblo que va siendo acompañada por un lento pero seguro resurgir de las distintas comunidades asentadas a lo largo del Río Tercero.

Según consigna Luis Beltrán Martínez Thomas en su libro "Pobladores del sudeste de Córdoba ..." el Gobernador Martínez de Tineo emite un bando en 1750 por el cual convoca a "... los propietarios de tierras y estancias abandonadas en las costas del Río Tercero para que la repoblaran ...", de resultas de lo cual estos territorios "... se vieron pronto resurgir, ocupándose las unas por sus propios fundadores y las otras por gentes nuevas, todos animosos y emprendedores que en menos de un quinquenio restauraron lo que había sido destruído o abandonado a ambas riberas del Río Tercero, desde el Paso de Ferreira hasta Cruz Alta y Desmochados".

Este retorno poblacional iba acompañado de numerosos reclamos y litigios sobre la propiedad de la tierra que cada uno aseguraba poseer al momento de la evacuación. La situación imperante era que en algunos casos los terrenos estaban siendo ocupados por los indios mientras que otras parcelas eran usufructuadas por terceros que las asumían como propias al encontrarlas vacías.

César Reyes en su trabajo "Carcarañá" recoge que hacia 1750 el médico y misionero inglés Thomas Falkner, de fe calvinista de origen y devenido en jesuíta durante su estancia en Córdoba, deja documentado que el Río Tercero "... el más considerable de todos ellos [los ríos de Córdoba] antes de dejar atrás las sierras de Córdoba ... se aumenta mucho con las aguas de los ríos Champachín. Quillinsa, Cachu-Corat ... de esta manera corre hasta llegar a la Cruz Alta, donde ya se llama Carcarañá, por las muchas vueltas que da y sigue adelante de noroeste a sudeste, hasta que entra en el Paraná en el Rincón de Gaboto".

De resultas que en 1757, por mandato del Gobernador Joaquín de Espinosa y Dávalos, se instala la Jefatura Militar en Cruz Alta en conjunto con una larga lista de disposiciones reguladoras de las condiciones de vida y seguridad, toma impulso un fuerte y nuevo reingreso poblacional en toda la zona.

En agosto de 1767 los jesuítas expulsos que pasaron por el lugar dejaron una memoria efectuada por el P. José Manuel Peramás donde hace una pintura de Cruz Alta describiéndola como "... un fuerte con algunas casas y capilla".

En 1773, de la publicación atribuída a Concolorcorvo "El lazarillo de ciegos y caminantes desde Buenos Aires hasta Lima" extraemos que, desde Esquina de la Guardia o "... paraje nombrado del Carcañar, por haber vivido en él un cacique de este nombre y que no tiene más habitantes que multitud de avestruces, ... se divisa el Río Tercero y se entra en la jurisdicción del Tucumán, que todos dividen en el pueblecito que está poco distante del Oeste, nombrado de la Cruz Alta, adonde no hay necesidad de entrar".

El virrey de Buenos Aires, Juan José de Vértiz y Salcedo decide en 1780 reforzar la protección del camino que, desde el puerto, conducía hacia el Alto Perú o a Chile; para lo cual establece una docena de fortines desde Chascomús hasta Guardia de la Esquina, en la actual frontera de Santa Fe con Córdoba. Tres años después el Marqués Sobre Monte le da continuidad a estos asentamientos defensivos a lo largo del Tercero y sobre el Río Cuarto.

A mediados de 1785, en cercanías de Saladillo, se producen ataques indios a dos caravanas que transitaban desde y hacia Buenos Aires de resultas de los cuales se contabilizan seis víctimas, algunos cautivos, la pérdida de mil cabezas de ganado y la clara evidencia de la fragilidad de la estrategia defensiva de toda la zona de influencia del Río Tercero. Durante 1786 dos son los ataques más significativos, uno a mediados y otro hacia octubre de dicho año; el segundo puntualmente se concreta entre Saladillo y Cruz Alta.

Marcela Tamagnini y Graciana Pérez Zavala en su estudio sobre la frontera sur cordobesa de finales del siglo XVIII referencia que, el Marqués de Sobre Monte, inicia una negociación pacificadora "... con el cacique Cheglem o Cheglén de la nación Ranquelche, quien lo hizo extensivo a Carripilum y a dieciocho caciques más", la que se ve concretada con éxito hacia 1796 y que logra mantenerse hasta fines de la primera década del siglo XIX

 

El siglo XIX

 

En los primeros años del siglo XIX el astrónomo francés José Sourryère de Souillac partió de Buenos Aires con destino a Santa Cruz de la Sierra en plan de demarcación de límites dejando un precario relato que, inconcluso, se publicó en 1837 como "Itinerario de Buenos Aires a Córdoba". De dicho trabajo extraemos que de la "... Guardia de la Esquina a la posta del difunto Gutiérrez, hay 10 leguas: a las 3 leguas se llega a un pantano hoy transitable e inmediatamente a un lugar que llaman la Cruz Alta; a las 7 leguas se hallan varios ranchos de estancias y chacras, que denominan la Cabeza del Tigre".

 

El recientemente configurado Curato de Río Tercero Abajo tenía una basta extensión desde Yucat hasta Cruz Alta. El censo provincial realizado a comienzo de la segunda década del siglo XIX ofrece un panorama donde los indios eran poco numerosos, los negros habían disminuído su presencia a la mitad la que, hacia 1778, era de un 13%, los blancos alcanzaban un 40% y el resto lo constitiuían las distintas cruzas gestadas a lo largo de los años y que eran reconocidas como pardos (en éstas no faltaba mezclas de sangre india, de negros esclavos o libres, de mulatos, de zambos).

 

Mapa de 1812 realizado por Arrowsmith y Lewis donde se consigna "La Esquina dela Cruzalta"

 

Sonia Tell en su libro "Córdoba rural, una sociedad campesina (1750-1850)" consigna que en 1817 el Gobernador Castro envía un contingente hacia el Chaco con el objeto de contener los ataques aborígenes. La empresa deviene en fracaso al punto tal que durante ese mismo año y en 1819, "... los indios del Chaco y del sur invadieron la frontera este entre Cruz Alta y Fraile Muerto". El aumento de la inseguridad provocaba una nueva huída de los pobladores buscando sitios más seguros en proximidades del Río Segundo.

A propósito de la ruta de postas que unían las actuales San Nicolás sobre el Río Paraná en Santa Fe y Villa María en Córdoba apelamos a la ayuda que nos brinda el viajero inglés Alexander Caldcleugh Beatson (nacido en Londres, Inglaterra en 1795 y fallecido en Valparaiso, Chile en 1858) quien recorre estas tierras a partir de 1819 a 1821 volcando sus experiencias en el libro "Viajes por América del Sur".

Obsérvese que la ruta seguida por el viajero, en lo que al interés de este espacio respecta, va siendo acompañada por el Río Carcarañá y luego, por el Tercero. De su relato extraemos lo siguiente:

 

" ... temprano por la mañana salimos para los Desmochados, a seis leguas cortas de distancia (se refiere a la posta anterior identificada como Manantiales). El camino era perfectamente llano y en muy pocas partes aparecía barro; vi algunas flores parecidas a azafrán amarillo y un guanaco atravezó galopando el camino". Según su relato, dicha posta estaba constituída por "... varios ranchos de barro con comodidad para pasar la noche. El moblaje ... estaba formado por dos o tres cueros de buey estirados cada uno sobre cuatro postes clavados en el suelo; servían de cama y a veces de mesa; también había dos o tres bancos o asientos formados por cabezas de vaca". La preocupación del autor lo obligaba a advertir que "... entraba en la zona de territorio invadida ultimamente por los indios ..."; por lo cual y frente a dicho riesgo, tranquilizaba con que  "... la posta estaba rodeada por una doble empalizada con foso y un cerco de tunas muy espeso".

La Posta de Desmochados se ubicaba sobre el Río Carcarañá dentro de la Estancia de San Ignacio la que, muchos años antes (en 1719), había sido vendida por Antonio de Vera y Mujica a la Compañía de Jesús quienes, en el lugar, habían asentado el Puesto San Ignacio un año después.

Una vez abandonado Desmochados, se dirigen hacia Arequito a poco más de cuatro leguas de distancia; donde, luego de una larga espera por caballos frescos, continúan recorriendo una distancia similar hasta Esquina de la Guardia. Una vez cruzado el río homónimo y alcanzada la Posta expresa que en el lugar había "... en otro tiempo, un pequeño fuerte que marcaba el límite entre las Provincias de Santa Fe y Córdoba". En cuanto al paisaje que lo rodea lo describe como "... sin variantes ..." y la presencia del "... pequeño arroyo de Cruz Alta donde el suelo aparecía cubierto por una capa de sal. La posta era uno de los muchos ranchos de barro de por ahí". Sobre los hechos ocurridos recientemente consigna que "... en este paraje de la Cruz Alta fue enterrado el Virrey Liniers después que lo fusilaron en Cabeza de Tigre. El sitio se distinguía en el cementerio contiguo a una capillita del lugar". Sobre este cementerio le llama la atención que era "... desde Luján, el primero que veía en el camino". Que sea el primero que haya visto no significa, como es obvio, que no existiesen; de hecho y por entonces, en las inmediaciones de la posta de Desmochados ya existía un cementerio. El autor, tras este punto, vuelve a la descripción de la zona vistiéndola con "... árboles de buena madera y cercos de tuna muy altos y espesos".

Al día siguiente, abandona Cruz Alta con destino a Cabeza de Tigre distante unas cuatro leguas donde según su visión encontraron "... una de las mejores postas del camino; no tenía pulgas y la patrona era una mujer de muy buenos modales. Había muchas plantas de tunas, de doce pies de altura ... que daban una flor blanca. Rodeaban la casa algunos árboles pequeños y en los alrededores el campo estaba cubierto de matorrales; el agua era muy buena".

El censo de 1821 muestra un nuevo y lento resurgir de Cruz Alta con una población que ya alcanzaba los 124 habitantes.

Hacia 1824 la zona es transitada, camino a Chile, por quien sería el futuro Papa Pìo IX. Se trata de Juan María Mastai Ferretti de Sinigallia que acompaña, en este peligroso viaje, al Delegado Pontificio Monseñor Juan Muzi.

 

El pormenorizado relato de dicho viaje, publicado más tarde, da cuenta de las vivencias y experiencias en estas zonas.  Existe una traducción del italiano realizada por Domingo Faustino Sarmiento como "Miembro de la Universidad de Chile, del Instituto Istórico de Francia i de otras Corporaciones Literarias" que fue publicada en 1848.

De la misma rescatamos: "Pasando por los Desmochados que es una de las postas de aquel camino, supieron que allí diez días antes, trescientos salvajes a caballo, guiados por el jefe que llaman cacique, todos armados de largas picas, asaltaron al maestre de la posta misma, el cual defendiéndose desde una torrezuela les mató uno, e hirió a otro, con lo cual abandonaron el lugar. Tres días después de haber por felicidad pasado nuestros viajeros, volvieron al mismo lugar con más ferocidad aquellos salvajes, encontraron una tropa de veintidós muleteros con cien mulas cargadas, se apoderaron de estas, y mataron a los veintidós, excepto uno que se salvó entre los heridos. Usan estos salvajes una lanza, que apoyan en la silla, por medio de una faja, y no hacen más que agitarla y dirigirla a uno y otro lado. Si llegan a aferrar un hombre lo levantan en el aire con la mayor facilidad, y cuando corren al asalto van gritando horriblemente, y golpeándose la boca con las manos al mismo tiempo, con lo cual esparcen el mayor terror. Este lugar es uno de los más frecuentados por aquellos salvajes, y toma su nombre de 'desmochar' verbo español que significa mutilar por haber los indios una vez cortado pies y manos a algunos hombres de la posta que dejaron así abandonados en tierra. Los volátiles que con más frecuencia vieron en estos parajes son las lechuzas, muy abundantes en toda la América.

Cuando hubieron llegado a la Esquina de la Guardia, se les pidió la Confirmación que administraron a muchos; pero la noche la pasaron muy mal, y Mastai hubo de pasarla en vela enteramente. Creyendo importante recordar la especialidad de los animales que vieron en este viaje, hablaremos de un tatú, o sea dasypus de Plínio, que los americanos llaman mulita, y que es el cachicamo, o tatú de nueve fajas de Buffon. Es esta una pequeña bestiecilla, que parece una mula aparejada, pero con el hocico más parecido al del puerquecillo de India que al de un mulo, y es del tamaño de nuestros perrillos falderos.

Siguiendo este camino entraban en lugares en los cuales crecía el peligro de salvajes, y donde no podían dormir sino en pobres chozas sobre la tierra desnuda; otras veces atravesaban lugares amenos y bosques compuestos de árboles espesos y muy altos, y que daban agradable sombra muy oportuna para ponerse a cubierto de los rayos abrasadores del sol".

Más detalles de este viaje los podemos encontrar en el espacio dedicado a la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Bell Ville.

 

Domingo F. Sarmiento

en Chile

 

Continuando con la secuencia cronológica, en 1829 las luchas intestinas tienen a Cruz Alta como protagonista ya que el General José María Paz asentará sus tropas en el lugar previo al ataque final sobre el, por entonces, Gobernador Juan Bautista Bustos.

 

Un mapa de 1840 nos muestra en detalle la secuencia de postas ya devenidas en pequeñas comunidades las que, a partir de San Nicolás sobre el Río Paraná, se van enlazando del siguiente modo: Manantiales, Desmochades (en realidad es Desmochados a la que continuaba la Posta de Arequito no registrada en el mapa), Esquina (o Esquina de la Guardia o Guardia de la Esquina, límite actual entre Santa Fe y Córdoba), Cruz alta (con el "alta" en minúscula), Cabeza de Tigre (actual Los Surgentes), Lovaton (también identificada como Lobaton, actual Inriville), Saladillo, Barrancas (actual Monte Buey), Sanjón (actual Justiniano Posse), Fraylemuerto (actual Bell Ville), Bastas, Herradura (actual Ballesteros), Paso (Paso de Ferreyra, actual Villa María).

 

 

El nuevo resurgir se ve acompañado con un largo proceso legal que durante el período comprendido entre 1850 y 1880 concluye, tras la evaluación de documentación, testigos y diversos antecedentes probatorios, con la definitiva asignación y confirmación de los títulos de propiedad. Hacia 1859, ese lento proceso, se refleja en una población que no supera las treinta casas. Los pocos vecinos seguirían lidiando bajo frágiles condiciones de seguridad que implicaron soportar más de dos centenas de incursiones entre 1862 y 1868 siendo el de mediados de 1875, el último y significativo malón que dejará una comunidad arrasada y saqueada.

A pesar de estas pésimas condiciones generales, Valentina Ayrolo en su libro "Funcionarios de dios y de la república: clero y política en la experiencia de las autonomías provinciales" asegura que el desarrollo se produce y consolida a partir de esta mitad del siglo XIX cuando se inicia "... la expansión agrícola que se operará en la provincia mediante la ampliación de los espacios tradicionales de cultivo hacia las nuevas zonas como, por ejemplo, las del Tercero Abajo". La autora justifica este proceso en "... la demanda creciente de cereales desde Buenos Aires y Rosario y por el alza de precios que se experimenta en esas plazas hacia 1852".

 

El último siglo y medio

Desde los últimos años del siglo XIX hasta la actualidad, la comunidad cruzalteña fue acompañando el desarrollo de nuestro país. Es así que la realidad que hoy expone la ciudad, no solo comulga con el esfuerzo y dedicación de sus habitantes en particular sino que, también y en general, será el espejo de los altibajos y vaivenes propios de nuestra historia política y económica.

 

 

                                    

La Capilla a lo largo de los años

Del "Civitatis Mariae - Historia de la Diócesis de Villa María" extraemos que el Prof. Carlos Alberto Fusero consigna que "... el Sargento Mayor Juan de Urquiola junto a los vecinos deciden levantar una modestísima capilla, por el 1700, para la cual destinan la madera que su esposa Margarita con el hermano de ésta, Esteban Piñero, habían traído desde la costa del Paraná para mejorar su vivienda. En ella se colocó una talla de la Santísima Virgen que había pertenecido a Antonio Piñero, hijo de Don Jacinto Piñero [fundador de Cruz Alta] y Micaela Romero, quien en su testamento legara a José Piñero 'güérfano que e criado' y que éste regalara luego a su prima Cándida Urquiola ... la imagen que se coloca en esa primera capilla era tenida y venerada por de la Pura y Limpia Concepción”.

Según la detallada recopilación histórica de Estela R. Barbero en su libro "Cruz Alta: tres siglos de historia", rescatamos que la Autoridad Militar de Cruz Alta Sargento Urquiola relata que toman la decisión de construir una capilla (reducida a una simple y mínima habitación) con el objeto que, "... con decencia, se pudiese celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, administrar la Eucaristía cuando el párroco iba a aquel paraje, adoctrinar y dar orden a los feligreses y con su licencia, a otro sacerdote". La satisfacción del Sargento por la obra realizada junto a su esposa y su cuñado se refleja cuando expresa que la capilla traerá un beneficio "... no solo para mi familia sino otras más de que se componía el número de 132 almas que, en forma de pueblo, estábamos congregados, así conseguimos el expresado bien espiritual". En esa primera capilla, Urquiola cumpliría funciones de Sacristán.

En el antes citado testamento de Antonio Piñero de 1717 se da cuenta que la imagen de la Virgen que lega en herencia incluye "... su nicho y velas y otra imagen de San Antonio con su nicho ...", dando mandato que sea venerada y cuidada tal como él lo había hecho.

La Virgen, así, es incorporada al altar de la precaria capilla.

La historiadora Barbero en "Cruz Alta: tres siglos de historia" rescata un documento donde se consigna que, en 1719, el vecino de Saladillo Andrés Ruy Diaz recibió, por el descanso de su alma, el rezo de una serie de misas en la capilla de "... Cruz Alta".

Hacia 1722, aquella imagen original deviene en Virgen del Rosario para lo cual se le suma y adapta un niño en los brazos; el mismo, según la tradición, se obtiene de resultas de su pérdida durante la huída de los naturales luego de un ataque a la comunidad. Según la reconstrucción del Prof. Fusero a dicha imagen le faltaba un brazo que fue reconstruído, hacia la década del '70 del siglo XX, por obra de Roberto de Fazio.

Volvemos al libro de Estela R. Barbero donde inventarios documentados permiten rescatar los mínimos bienes con que contaba la capilla: "... una Nuestra Señora del Rosario con quatro polleritas de su vestuario, entre ellas una de colorado de damasco y un juboncito de lo mesmo, dos camisitas, unas enaguas y una corona de plata ..."; enviada por el Padre Anselmo de la Mata desde Misiones, "... una casulla con su estola y manípulo de seda musgo ..."; otras donaciones incluían "... una cruz procesional con su borla ..." y "... onze baras y media de raso azul turquí a flores ...".

La documentación histórica consigna que, como consecuencia del ataque de 1731 y ante el abandono de los habitantes del territorio en los años siguientes, "... la Serenísima Reina de los Ángeles, Nuestra Señora del Rosario y sus ornamentos” es trasladada, en 1734, por Francisco de Oyola (esposo de Josefa Piñero) a Fraile Muerto (actual Bell Ville) y luego a Punta del Sauce (La Carlota). Finalmente, en 1737, recalará en el Arzobispado de Córdoba por orden del Obispo José de Gutiérrez y Ceballos. El peregrinar de la imagen generará en los años venideros un conflicto sobre su propiedad entre Cruz Alta y La Carlota.

Pablo Cabrera en su trabajo "La tragedia de Cruz Alta" da cuenta que, de la interminable secuencia de ataques y depredaciones ocurridas durante el período 1728/1745, "... de la Iglesia de Cruz Alta apenas si sobreviven sus ruinas".

Durante esta etapa temporal, el abandono poblacional desde Cruz Alta hasta Paso de Ferreyra (actual Villa Maria) fue total, los colonos migraron cientos de kilómetros procurando zonas más seguras en el norte o incluso, en vecindades de Buenos Aires.

Hacia 1737 y según los relatos de viajeros, la capilla estaba "... trocada en escombros"; al igual que, en un total de seis, existían en toda la zona del Curato del Río Tercero.

El Franciscano Fray Pedro José de Parras asegura que hacia los últimos días de 1750 llegan al desolado pueblo y cantan un responso "... en lo que fue iglesia".

A partir de 1760 el pueblo comienza un nuevo y lento resurgir; con él, la necesidad de una nueva capilla.

Pablo Cabrera en su documentado trabajo "Tiempos y campos heroicos" da cuenta que, en 1767, existe la presencia de una nueva capilla en Cruz Alta ya que un grupo de jesuítas expulsos vuelcan como memoria escrita que "... en la mañana del día 3 de Agosto, de parada en la Cruz Alta, dijeron misa allí, y a la siesta prosiguieron viaje. Aquí dejaron el Río Tercero, que habían venido costeando y fueron a hacer noche en las Islas [referencia de las 'Islas de Cámara']".

Estela R. Barbero en "Cruz Alta: tres siglos de historia" documenta que en 1770 a esta segunda capilla, ubicada próxima al río y con cementerio vecino, llega una donación del Juez de Cruz Alta Capitán José Barrios consistente en "... unas cortinas de seda para la virgen como así también varias cosas".  

En paralelo a estos acontecimientos se iban conformando los Curatos que, de algún modo, iban acompañando la evolución de los distintos asentamientos poblacionales y religiosos; de aquel primigenio Curato de los Dos Ríos se desprende, en 1772, el Curato de Río Tercero y Anejos el que, un tiempo después, se divide en dos: el Curato de Río Tercero Arriba que constituye su sede de cabecera en Villa Ascasubi y el Curato de Río Tercero Abajo cuyo centro de gestión quedará asentado en Villa Nueva (actual Villa María).

En 1810, en el cementerio continuo a la capilla existente se dará sepultura a Santiago de Liniers y sus acompañantes quienes habían sido fusilados en el Monte de Papagayos (ubicado en la vecina Posta de Cabeza de Tigre; hoy, Los Surgentes).

 

Cartel que, frente al actual cementerio de Los Surgentes, identifica el sitio denominado Monte de los Papagayos ( cercano a la Posta de Cabeza de Tigre) donde, el 26 de agosto de 1810, fueron fusilados Santiago de Liniers, Gutiérrez de la Concha, Victorino Rodríguez, Santiago Alejo de Allende y Joaquín Moreno  

 

Para 1811 y según testimonio del Párroco Mariano Gutierrez, la capilla estaba en "... estado ruinoso y necesitaba una pronta reparación". Los años que acumulaba la segunda capilla y la precariedad de los materiales con que fue construída (donde no faltaba el adobe y los techos de caña y paja) hacían inexorable que su vida fuese efímera.

Entre 1841 y 1844 se producen nuevos ataques a Cruz Alta, en este caso de fuerzas provenientes de Santa Fe a la que se le sumaron indios (alianza entre montoneros santafesinos e indios pampeanos). Durante dichas incursiones son robados los ornamentos de la capilla mientras que varios vecinos caen cautivos en manos de los agresores. Hacia junio de 1843 se organizan ceremonias de homenaje a la imagen donde participan soldados, milicianos, dragones y vecinos provenientes de las cercanas Esquina y Cabeza de Tigre como así también de las más distantes, Lobatón, Saladillo y Fraile Muerto. Respecto a este acontecimiento Estela R. Barbero en su libro "Cruz Alta: tres siglos de historia" expresa que durante la misa se incluyeron "... cinco descargas"; para luego, "... en la procesión de la tarde formaron la escolta de la venerada imagen". 

Carlos Alberto Fusero en el espacio dedicado a Cruz Alta en la publicación "Civitatis Mariae - Historia de la Diócesis de Villa María" recupera documentación donde se consigna el inventario de lo sustraído durante el ataque de diciembre de 1843: "... toda la ropa de nuestra Señora, tres sortijas de oro, los zarcillos y el rosicler de oro, el incensario, el frontal dos albas, un par de manteles, un amito y un cíngulo".

Durante todos estos hechos, sin embargo, se logra conservar la integridad de la virgen.

En 1847, el Curato de Río Tercero Abajo queda a cargo de José Silvestre Ceballos quien, a poco de asumir, se comunica con el provisor del obispado poniéndolo en conocimiento del estado ruinoso de las capillas rurales integradas a su jurisdicción atento a lo cual y según sus palabras: "... su corazón se llenó de angustia". Casi una década después, en 1856 y sin haber obtenido respuesta favorable a sus permanentes requerimientos, opta por enviarle una misiva al Gobernador haciéndole saber de lo importante que sería para la población disponer de una Iglesia; ya que, "... son sumamente necesarios los templos y máxime en este punto". 

El desamparo en que se fue sumiendo este pequeño ámbito religioso y el vecino cementerio cruzalteño, deviene en que se reduzcan literalmente en escombros al momento que, en 1861, se realiza el proceso de exhumación de los restos de las víctimas de aquellos trágicos días cuando los fusilamientos de Liniers y sus colaboradores.

Monolito que identifica la fosa común de donde fueron exhumados los restos de Liniers y demás fusilados

 

Ante esta situación, hacia el año 1859 y con el esfuerzo único de los vecinos del lugar, las paredes de la tercer capilla y su campanario son levantados en un terreno ubicado a mitad camino entre las márgenes del Río Carcarañá y el predio donde, a finales del siglo, se levantará la iglesia actual. Según Carlos Alberto Fusero en "Civitatis Mariae - Historia de la Diócesis de Villa María" el nuevo intento necesitaba de un fuerte apoyo ya que adolecía de la falta de "... techo, cinco puertas, reja, seis mil ladrillos, cuatro fanegas de cal y 250$". En aquel año, tan solo el pobre envío de dos puertas y una reja llegan desde el gobierno provincial.

Nada cambiaría durante los próximos quince años, todo seguirá descansando sobre las agotadas espaldas de los lugareños; ni siquiera se accedió a mejora alguna cuando la capilla, a partir de 1860, pasó a depender de la recién creada Parroquia de Fraile Muerto en la actual Bell Ville.

Para 1878 la virgen, producto de ofrendas, lucía una nueva corona de plata, varios anillos y zarcillos de oro así como un rosario y candelero de plata.

Las últimas décadas del siglo XIX tendrán algunos hitos relevantes para esta historia ya que en 1882, será Fray Mamerto Esquiú quien transitará el pueblo en misión pastoral; en 1886, se proyecta y se inicia la construcción del nuevo templo en la ubicación actual; en 1893, una vez creado el Curato de la Asunción, la iglesia pasa a depender de Marcos Juárez y en 1895, el año comenzaba con una epidemia de cólera y terminaba con la construcción del primer puente sobre el Río Carcarañá que facilitaría las comunicaciones y el comercio; por ende, el desarrollo poblacional y económico de la zona.

Hacia 1887 hay señales claras que las obras en la nueva iglesia están en marcha. Con el aporte como benefactor de Alfredo de Arteaga, en tan solo cuatro años de trabajo y sobre un terreno de una hectárea donado por la Sociedad Anónima de Explotación de la Colonia Juárez Celman, la construcción queda concluída. El proyecto se complementa con la demarcación y diseño de lo que será la actual Plaza San Martín ubicada frente a la Iglesia con la sola separación de un calle que es abierta al tránsito.

Durante todo el proceso de construcción será el mismo Arteaga quien gestiona y financia economicamente la presencia de un sacerdote para toda la zona.

En 1893, con un Altar Mayor de madera con enchapados a la hoja dorada donde, en sitio central y flanqueada por ángeles, se entronizó una virgen traída de Francia y donada por Francisco Monasterio y su esposa Manuela Nevares que desplazó a la antigua imagen a un sector secundario de la Sacristía y con un alto campanario donde sus tres campanas repiqueteaban convocando a la comunidad, la iglesia es bendecida por los Obispos Ferreyra, Toro y de la Lastra; para luego devenir, en 1895, en Parroquia con autoridad sobre las comunas circundantes siendo, Luigi Viaggio, su primer Vicario.

Durante aquel 1893 se empiezan a confeccionar los consiguientes libros parroquiales que registran y dan testimonio documental de los nacimientos, matrimonios y muertes de una comunidad que crecía con más fortaleza. Para 1898 se proyecta e inicia la construcción de la vecina casa parroquial.

Durante fines del siglo XIX y principios del XX, la necesidad que las distintas capillas de Córdoba tuvieran asignado su debido párroco se contraponía a la falta de oferta de los mismos; es así, que Europa se convierte en principal proveedor siendo, los italianos y españoles los que en mayor número comenzaron a radicarse en la provincia. La mayor dificultad para los mismos era que no lograban el nombramiento definitivo aún cuando la norma vigente preveía, de máxima, los seis meses para la consiguiente estabilidad en el cargo.

Hubo numerosos casos emblemáticos con una larga lista de reclamos no resueltos; Milagros Gallardo en su trabajo "La emigración del clero secular europeo a la Diócecis de Córdoba entre 1875 y 1925" reproduce algunos de ellos: el napolitano Giovanni Pietro Alberti reclama su nombramiento aduciendo que hace 18 meses que ejerce la función sin la consiguiente regularización de su cargo o el del cura, también italiano, Luigi Abriola que obtiene su primera licencia transitoria en 1874, dos años después pasa a Chalacea durante 18 años; para luego, en 1894, recalar en San Francisco y más tarde, en 1899, asignado a Cruz Alta (reemplazando a Alberti) donde muere en 1903 "... sin haber sido incardinado en la diócesis".

 

Es interesante el trabajo de Milagros Gallardo ya que, en algunos pasajes, nos invita a descubrir inesperadas curiosidades que encuentran a Cruz Alta como protagonista; según su texto, con la llegada del siglo XX "... los colonos de Marcos Juárez solicitaban la separación del capellán de Cruz Alta, porque lo que 'ellos buscaban era un verdadero sacerdote, Ministro de Dios y no un explotador ni un mercader'. En palabras de los colonos, el cura daba '... dinero en interés, con usura a los colonos, en hacer sociedades comerciales, en explotar chacras y en comprar y vender frutos del país'. Ocupado en esos negocios desatendía las funciones, celebraba la misa sin devotos y a la madrugada, no enseñaba la doctrina ni realizaba las novenas y fiestas patronales". Los solicitantes aclaran que se debía tener recelo con la adecuada elección de reemplazo ya que en las vecindades de la Provincia de Santa Fe “ai varios napolitanos que quieren venir, pero son borrachos, no quieren saber nada con el Cura ni con el Obispo, solo con los $200 de subvención y nada más, los sacerdotes extranjeros solo sirven para hacer perder la Fe". En las presentaciones no faltaban graves adjetivaciones las que, con seguridad, contenían mucho de veracidad; se los describía como personajes con un "... excesivo afán de lucro, vida mundana, frecuentación de fondas y boliches, participación en carreras de caballos y juegos de naipes, conducta moral indecorosa, a las que se sumaba el incumplimiento de los deberes propios del ministerio. Con frecuencia se señala que dejaban cerradas las iglesias, desde el lunes hasta el sábado, y ellos se iban a farrear a los almacenes".

 

El sacerdote Giovanni Pietro Alberti, anteriormente mencionado y reemplazante en 1897 de Luigi Viaggio, tendrá un protagonismo central durante los trágicos hechos ocurridos el 17 de julio de 1899 cuando la recién construída iglesia es consumida por el fuego.

Durante la madrugada de aquel día las llamas arrasaron con el altar mayor, el techo y todo el interior. La vieja imagen de la virgen en su urna de cristal y madera, un niño de madera, la pila bautismal y un portón de hierro logran ser rescatados. Las afectadas paredes debieron ser apuntaladas para evitar el total derrumbe.

 

Fotos obtenidas durante y después del incendio (Colección Carlos Fusero)

Las mismas se hayan publicadas en el libro "Cruz Alta: tres siglos de historia"

(su uso se realiza bajo expresa autorización de su autora Estela R. Barbero)

 

El Prof. Carlos Alberto Fusero en su trabajo sobre Cruz Alta volcado en "Civitatis Mariae - Historia de la Diócesis de Villa María" recupera un artículo publicado en la revista "Caras y Caretas" hacia fines de julio de 1899 bajo el título "Incendio de la Iglesia de Cruz Alta". El texto no ahorra duros adjetivos y sin eufemismo alguno involucra de modo directo al Padre Alberti: “Hacía tiempo que el escándalo delincuente no manchaba vestiduras sacerdotales en la República Argentina. Este incendiario, nuevo Eróstrato, puede decir si resultare intencional el hecho como parece que resultará, que ha adquirido una condenada inmortalidad, pegando fuego al templo confiado a su custodia y perpetrado otras demasías que con justa razón han indignado al pacífico vecindario de aquella laboriosa comarca ... el Cura presunto incendiario es napolitano; se llama Giovanni Pietro Alberti, tiene unos 40 años de edad y su aspecto es el de un buenazo, casi un infeliz. A poco de producirse el incendio fue detenido, pero era tanta su aflicción y su aparente dolor por la desdicha. Se arrancaba los pelos con tanta hipócrita desesperación, golpeándose el pecho con una compulsión tan religiosa y ferviente, que fue puesto en libertad, compadeciéndose. Pero la reacción no tardó; el vecindario sospechaba invenciblemente del párroco y fue preso de nuevo. Interrogándosele hasta que acabó, apremiado, por confesar su intervención en el siniestro, si bien después ha pretendido negarla de nuevo, así como las concomitancias de carácter feamente inmoral que contra él van resultando ... los vecinos, que tenían conciencia plena de que el cura no era ajeno al hecho, se amotinaron e intentaron lincharlo, impidiéndolo la autoridad con gran trabajo”.

Una vez labradas todas las actuaciones el Cura es suspendido de por vida; tras lo cual, abandona la zona e inicia una vida de la que se desconocen detalles. Su lugar es ocupado por otro italiano ya mencionado más arriba, se trata de Luigi Abriola.

Una nueva comisión se organiza con la meta de reconstruir la Iglesia. Los apellidos Alverione, Zanada, Peretti, Begiú, Lambrek y Miani serán los responsables del nuevo proyecto que concluye en 1901 con el edificio concluído, abierto a la comunidad y con la vieja e histórica imagen de la virgen ubicada en el centro del Altar Mayor.

Los años siguientes son aprovechados para ir completando la ornamentación del interior de la Iglesia. En el Altar Mayor, a cada lado de Nuestra Señora del Rosario se incorporan la imágenes de Santa Rosa y Santo Domingo (fotos a la derecha); sumándose, además, los altares de San José y del Sagrado Corazón.

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Altares del Sagrado Corazón y San José

 

 

En 1919 se efectúa la ampliación del presbiterio con su cúpula; hacia 1922 se procede del mismo modo con la sacristía instalando, además, el reloj en lo alto del campanario y la cruz de hierro que corona el mismo; 1923 será el año en que se instalará la nueva campana mayor fundida en Francia acompañada de dos menores, una de 1800 (muy dañada tras el incendio) y otra también francesa, de 1889.

 

 

En 1929 se inauguran los frescos realizados por el pintor José Pujatti que decoran y embellecen la bóveda.

 

 

Durante 1945 se incorpora el actual púlpito, se modifica el ingreso sumando dos puertas talladas a cada lado de la original central y la escalinata de mármol que obliga a retirar la antigua reja de hierro.

 

 

 

Video - Año 2018

 

 

 

 

Pinceladas cruzalteñas

 

La Iglesia ante la muerte

Valentina Ayrolo en su trabajo “Reflexiones sobre el proceso de 'secularización' a través del 'morir y ser enterrado'. Córdoba del Tucumán en el siglo XIX” estudia las metodologías que, impulsadas por la iglesia durante buena parte del siglo XIX, se fueron gestando y afianzando para mejorar como se deberá proceder al momento de encarar la agonía, muerte y sepultura de los creyentes.

Para ilustrar las diversas circunstancias que motivaron estos cambios a partir de fines del siglo XVIII, la autora apela a un testimonio que, entre tantos y sucedido durante aquellos años en el curato de Río Tercero Abajo, refleja como los clérigos del lugar no habían hecho lo oportuno y necesario durante los últimos días de vida de una agonizante  de modo que pudiese enfrentar la muerte con la adecuada tranquilidad de saberse en paz al momento del tránsito de su alma hacia la vida eterna. El relato textual describe "... que porque no la habían llevado enferma á que la confesara; que así se los llevaban los Diablos, y que así la habían llevado a la difunta”.

 

Un linchamiento frente a la iglesia

Juan D. Delius en su minucioso trabajo "Reseña acerca de los campos que circundan la antigua estancia Monte Molina, Saladillo, Córdoba" recupera los hechos ocurridos en 1893 cuando los cuatreros de Saladillo Juan Ferreyra y Eduardo Córdoba son atrapados. Según su texto, "... Eduardo Córdoba (quien había sido agente de policía cuando su patrón José Bouquet de la Estancia La Carlota, era jefe político del departamento Unión) fue condenado a prisión perpetua; mientras que, Juan J. Ferreyra (había sido sargento de policía en Quilino, departamento Ischilin), los colonos vecinos lo extrajeron de la prisión de Cruz Alta y lo fusilaron frente a la iglesia".

 

La virgen y los abrojos

Estela R. Barbero en "Cruz Alta: tres siglos de historia", recupera una tradición de fines del siglo XIX que aseveraba que la virgen periódicamente aparecía con abrojos adheridos a sus vestidos los que, luego de ser quitados con prolijidad, volvían a prenderse después de un tiempo sin explicación alguna. La leyenda le da explicación al misterio asegurando que la virgen iba al encuentro de los indios cada vez que intuía un nuevo ataque; su presencia flotando en el aire en campo abierto atemorizaba a los atacantes que desistían de la aventura.

 

La necesidad a principios del siglo XX

En los inicios del siglo XX y mientras el mundo se desangraba con la Primera Guerra Mundial, nuestro país sufría acuciantes necesidades en su población. Fernando Remedi en su trabajo "Los pobres y sus estrategias alimentarias de supervivencia en Córdoba, 1870-1920" expresa que en dicha coyuntura "... aparecieron 'ollas populares' [metodología que, para la época, era toda una novedad] en varias localidades del interior, entre ellas, Río Cuarto, La Carlota y Alta Gracia en 1916 y Cruz Alta en 1917 ... donde se repartieron 400 a 500 raciones diarias cuando funcionó la 'olla popular'”.

 

 

 

 

Fuentes de consulta:

  • "Tie a yellow ribbon round the Ole Oak Tree" - Autores: Irwin Jesse Levine y Lawrence Russell Brown - Interprete: Tony Orlando and Dawn (Homenaje en la ficción "Buscando la Ciudad de los Césares")

  • Barbero, Estela R.: "Cruz Alta: tres siglos de historia" - Municipalidad de Cruz Alta - 1990

  • Fusero, Carlos Alberto: "Civitatis Mariae - Historia de la Diócesis de Villa María - Cruz Alta" - 2006

  • Lozano, Pedro: "Descripción corográfica del terreno, ríos, árboles y animales de las dilatadísimas Provincias del Gran Chaco Gualamba y de los ritos y costumbres de las innumerables Naciones bárbaras e infieles que le habitan con una cabal relación histórica de lo que en ellas han obrado para conquistarlas algunos Gobernadores y Ministros Reales y Misioneros Jesuítas para reducirlas a la Fe del verdadero Dios" - 1733

  • Caldcleugh Beatson, Alexander: "Viajes por América del Sur" - 1819/1821

  • Montes, Aníbal: "Fantasía y realidad en la Leyenda de los Césares" - Conferencia 1952

  • Apolinaire, Eduardo y Bastourre, Laura: "Los documentos históricos de los primeros momentos de la conquista del Río de la Plata (Siglos XVI y XVII: una síntesis etnohistórica comparativa"

  • Latini, Sergio H.: "Primeros contactos e interacción en las costas del plata a principios del siglo XVI"

  • Steffen, Hans: "Los primeros intentos de los españoles y los portugueses para avanzar a las cordilleras desde el oriente" - Capítulo III - Ibero - Amerikanisches Institut

  • Molina Carlotti de Muñoz, Stella Maris: "Los padecimientos en la gran entrada de Diego de Rojas" - Universidad de Tucumán

  • Lizondo Borda, Manuel: "Historia del Tucumán (siglo XVI)" - Universidad Nacional de Tucumán - 1942

  • Pedulla, Patrick: "Las expediciones en busca de la Ciudad de los Césares y la expansión hispanocriolla
    (1543-1622)"
    - UBA

  • Cabrera, Pablo: "Córdoba de la Nueva Andalucía - Capítulo I - Expedición de Aguirre a la Provincia de Ansenuza" - Revista de la UNC - Año 1 - Marzo 1917

  • Cabrera, Pablo: "Tiempos y campos heroicos" - Revista de la UNC - Año 14 nº 1 y 2 - Marzo Abril 1927

  • Cabrera, Pablo: "La tragedia de Cruz Alta" - Revista de la UNC - Año 12 nº 1 y 2 - Abril Junio 1925

  • Martínez Villada, Luis G: "Don Alonso de la Cámara - I" - Revista de la UNC - Año 28 nº 7 y 8 - Setiembre Octubre 1941

  • Reyes, César: "Carcarañá" - Revista de la UNC - Año 28 nº 3, 4, 5 y 6 - Mayo Agosto 1941

  • Serrano, Antonio: "Esbozo para una Historia del Descubrimiento y Conquista de Córdoba" - Revista de la UNC - Año 30 nº 9 y 10 - Noviembre Diciembre 1943

  • González Rodríguez, Adolfo Luis: "El Cabildo de Córdoba durante el siglo XVI: Encomenderos, propietarios de tierras, tratantes de negros y comerciantes. Análisis de un grupo de poder" - 1986

  • Carrió de la Bandera - Concolorcorvo: "El lazarillo de ciegos y caminantes desde Buenos Aires hasta Lima" - 1773

  • Sourryère de Souillac, José: "Itinerario de Buenos Aires a Córdoba" - 1838

  • Remedi, Fernando: "Los pobres y sus estrategias alimentarias de supervivencia en Córdoba, 1870-1920"

  • Tamagnini, Marcela y Pérez Zavala, Graciana: "La frontera sur cordobesa a fines del siglo XVIII, una aproximación a partir del juicio contre al Comandante del Fuerte del Saladillo (1785) - Laboratorio de Arqueología y Etnohistoria, UNRC - 2013

  • Revista “Caras y Caretas” - Año II – N° 43 - Buenos Aires, 29 de julio de 1899

  • de Parras, Pedro José: "Diario y derrotero de sus viajes - 1749/1753"

  • Gallardo, Milagros: "La emigración del clero secular europeo a la Diócecis de Córdoba entre 1875 y 1925" - Biblioteca Digital UCA - 2016

  • Delius, Juan D.: "Reseña acerca de los campos que circundan la antigua estancia Monte Molina, Saladillo, Córdoba" - Konstanz, Alemania

  • Ayrolo, Valentina: “Reflexiones sobre el proceso de 'secularización' a través del 'morir y ser enterrado'. Córdoba del Tucumán en el siglo XIX” - Universidad Nacional de Mar del Plata – 2009

  • Sarmiento, Domingo Faustino (Traductor): "Viaje a Chile del Canónico Don Juan María Mastai Ferretti oi Sumo Pontífice Pío, Papa IX" - Imprenta de la Opinión - Mayo 1848

  • Ayrolo, Valentina: "Funcionarios de dios y de la república: clero y política en la experiencia de las autonomías provinciales" - Editorial Biblos - 2007 (1)

  • Tell, Sonia: "Córdoba rural, una sociedad campesina (1750-1850)" - Editorial Prometeo Libros - 2008 (2)

  • Beltrán Martínez Thomas, Luis : "Pobladores del sudeste de Córdoba: crónica familiar de cinco siglos en Argentina, desde la conquista hasta nuestros días" - Editorial Dunken - 2005 (3)

  • de Azara, Félix: "Descripción e historia del Paraguay y del Río de La Plata" (4)

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